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EL BLOG DE ALSINA

Antes no se les llamaba emprendedores

  • Carlos Alsina |
  • Madrid |
  •  | Actualizado el 28/02/2012 a las 20:11 horas

Les voy a decir una cosa.

En aquel tiempo no se les llamaba, como ocurre ahora, emprendedores. Si acaso se les decía empresarios, o de forma más común, “hombres de negocios”.

 

Geyperman Geyperman | Foto: Agencias

Aquel tiempo era el de los años cincuenta en España, cuando la clase media empezaba a apuntar maneras y los treintañeros que habían sufrido, como adolescentes, la guerra, trataban de abrirse camino y sacar adelante a sus familias montando un taller o abriendo una tienda. De Antonio Pérez Sánchez nunca se dijo que fuera “emprendedor”. Los suyos le conocían por su oficio: juguetero. Valenciano y juguetero. No cabe imaginar un nombre más comúnmente español. De pila, Antonio. De primer apellido, Pérez. De segundo, Sánchez. Puede que haya sido ahora, cuando ha terminado su vida noventa ya cuatro años después de que comenzara, más de sesenta años después de que fundara su empresa, cuando muchos niños de los sesenta y los setenta hayan descubierto que Geyper, la empresa de Antonio Pérez Sánchez, era una compañía valenciana, que el walkie talkie, y los Juegos Reunidos (aquella caja que nos parecía tan enorme) y, sobre todo, el Geyperman, existieron porque este señor llamado Antonio decidió, hace mucho tiempo, ganarse la vida fabricando objetos que entretuvieran a los chavales.

No había consolas, ni se podía jugar en red (como mucho, en el patio con los amigos del barrio), pero podías decir todo el rato “cambio y corto”, o montar una de vaqueros en el Fuerte Comansi, o con los Airgamboys, o presumir de Geyperman, que era más tocho y más fuerte que su rival directo, el Mádelman, que al principio no tenía pies, sino muñones para encajar en las botas y que también era español, de Plásticas Mádel, una empresa de Madrid (Manufacturas Delgado) que siempre había fabricado utensilios de plástico hasta que recibió una llamada de Exin, los de los juguetes, para saber si podrían fabricar un Gi Joe a la española. Sólo cuando crecieron se enteraron los niños de entonces de que sus juguetes se llamaban “figuras de acción”, porque para ellos siempre fueron “muñecos”.

Las niñas tenían a la Nancy y los niños, el Geyperman. O el mádelman, porque había niños de Geyper y niños de Mádel. Fue la edad de oro de las jugueteras españolas. Cuando no paraban de nacer niños y apenas había competencia de juguete importado. Luego hubieron de reinventarse, como tantos otros sectores, para adaptarse a las nuevas demandas, los nuevos competidores y las circunstancias económicas cambiantes. Como hacen los creadores de nuevas empresas ahora, éstos sí llamados ya “emprendedores”, que en lugar de geypermanes (nunca se dijo geypermen) desarrollan videojuegos, o aplicaciones para tablets, o nuevo software de comercio electrónico, o nuevos dispositivos inalámbricos que mostrar en el Mobile World Congress de Barcelona.

Los emprendedores siguen a la espera de que el gobierno ponga en pie el paraíso terrenal que les tiene prometido: el aligeramiento de los trámites, el aplazamiento de los pagos a Hacienda por aquellos servicios que ellos aún no hayan cobrado, el grifo de la financiación, los incentivos a la contratación de personal para que el nuevo y pequeño negocio pueda ir, si el mercado le responde de manera favorable, creciendo. Trabajo tiene (sigue teniendo) el gobierno.

En las próximas semanas habrá de concretar bajo qué fórmula podrán levar sus facturas pendientes las pymes y autónomos a los bancos para cobrar lo que aún les deben ayuntamientos y comunidades autónomas; en las próximas semanas habrá de dar a luz la esperada, y muy publicitada, ley de emprendedores; en las próximas semanas habrá de rematar los Presupuestos Generales del Estado (con el recorte pendiente del sector público) y en las próximas semanas, en fin, habrá de redoblar la persuasión en Bruselas si quiere que Merkel y la comisión modifiquen las exigencias que nos tienen adjudicadas para este año (rectifiquen el objetivo de déficit público para 2012). El primer paso para construir los Presupuestos Generales del Estado, como se sabe, es la aprobación del techo de gasto, es decir, el tope de lo que la administración puede gastar.

Primero se decide hasta dónde podemos llegar, y a partir de ahí se adjudica a cada ministerio el presupuesto con el que habrá de apañarse. Ese techo de gasto -primera pista sólida que tendremos de por dónde va a ir el recorte incluido en las cuentas de 2011- lo fijará el Consejo de Ministros en su reunión del viernes. Luego ha de ser ratificado en el Parlamento, pero habiendo mayoría absoluta, lo que se diga el viernes ya no se toca. Dices: hombre, para saber cuánto nos podemos gastar ¿no sería bueno saber antes qué margen tenemos, cuánto déficit público nos autoriza Bruselas? Es correcto. Parece lógico que así sea y sobre ese supuesto trabaja el gobierno. Que da por hecho que el déficit público para este año quedará por encima del 5 %, más o menos un punto superior al que está establecido ahora: ése sería la holgura, el cuartelillo, que nos autorizaría la comisión europea.

Pero oficialmente lo que sigue diciendo hoy el comisario Oli Rehn, el hombre de hielo, es que España ha de explicar primero qué pasó en 2011, por qué nos pasamos todo el año prometiendo que no sobrepasaríamos el 6 % de déficit y, al final, nos metimos en un ocho y medio. Primero los papeles, los números, y luego ya veremos. Aquí cada uno interpreta su papel: el comisario se hace el estrecho y el gobierno tira millas y filtra a la prensa que por supuesto acabará habiendo revisión de las exigencias. De hecho, lo que el Ejecutivo cuenta en privado es que este mismo viernes, en la reunión de jefes de gobierno de los veintisiete (la cumbre decisiva de esta semana) se tomará ya una decisión y será favorable a las peticiones que viene haciendo España.

Nuestro argumento, en definitiva, es bien simple: al 4,4 no llegamos  ni en sueños, luego imponernos esa exigencia es obligarnos a incumplirla de nuevo. Y  ya me dirán ustedes, les dirá Rajoy a sus colegas, a quién le interesa que pase eso. De manera que, aunque hoy el comisario diga “no”, mucha sorpresa sería que no acabara diciendo “venga, vale”. Dices: si al final van a decir que sí, qué sentido tiene darle tantas vueltas. Para qué, Oli Rehn, para qué. Da más vueltas el finlandés que una cinta de casset, o cassette. Hoy, por cierto, es su cumpleaños. Cincuenta tacos cumple. El comisario, no. El cassette. Con aquel sistema tan sofisticado que tenía para que no se pudiera grabar encima, ¿se acuerdan? El agujerito aquel que había que tapar con un celo, o rellenar con un papel, o con chicle, para convertirla en regrabable. Qué fácil era “liberar” el cassette, diríamos hoy, o “hackearlo”.

 

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Carlos Alsina
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