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EL MONÓLOGO DE ALSINA

Cinco años después de aquel foro de Davos

  • Carlos Alsina | @carlos__alsina |
  • Madrid |
  •  | Actualizado el 19/01/2015 a las 20:33 horas

Les voy a decir una cosa.

Tal como anoche ha nevado en media España, hace ahora cinco años nevó, pero más, en Davos. Davos, Suiza, donde cada año, en estas fechas, se juntan, convocados por una fundación privada, dos mil participantes que pagan por ir a escuchar y ser escuchados. La élite empresarial junto a políticos jubilados y jefes de gobierno en ejercicio que buscan el aplauso por su coraje reformista. Pablo Iglesias lo llamaría el congreso mundial de la puerta giratoria.

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El monólogo de Alsina: Cinco años después de aquel foro de Davos
Zapatero en el Foro de Davos Zapatero en el Foro de Davos | Foto: EFE

En Davos, hace cinco años, nevó tanto que el primer ministro belga y el polaco no llegaron. Lo recuerda John Müller en el comienzo de su libro-crónica sobre los años que vivimos angustiosamente: “en ausencia de Kaczynski y Leterme, el ángulo en el escenario se redujo de manera notable. Pasó a ser cosa de tres: el presidente de Letonia, récord europeo de parados, el primer ministro griego Papandreu, negociando ya con Bruselas el primer rescate de su país, y el jefe del gobierno de España, Zapatero —que encima se encontró sin pinganillo para entender lo que decían los otros y tuvo que reclutar al vuelo una intérprete de confianza—.

El letón, el griego, el español. Los tres líderes que navegan en una tormenta, dijo el moderador del coloquio, tan aficionado, parece, a los símiles náuticos como el entonces presidente del gobierno (de España). Para ser un líder siempre atento a la imagen y el márketing político, a Zapatero se le pasó por el alto el efecto nocivo que tendría la pareja de hecho que, espontáneamente, había constituido ante el respetable con el primer ministro de Grecia. La Grecia que tenía ya de los nervios a Europa y la España sobre la que empezaban a sobrevolar todas las sospechas. El presidente del gobierno, convencido de que su condición de presidente de turno de la Unión Europea le convertía en algo distinto a lo que era —aún se le daba importancia entonces a la presidencia de turno, no tanto como Leyre Pajín, la conjunción planetaria, pero sí como plus de predicamento—, el presidente hizo allí dos pronósticos, sólo uno de los cuales se cumpliría:

· que el sistema financiero español, una roca, no sufriría más contratiempo que esa pequeña anécdota (una nimiedad) de la Caja de Castilla la Mancha;

·  y que ningún país se saldría del euro.

Porque entonces, hace cinco años, ya estaba instalado en el ánimo de analistas y dirigentes europeos que igual no era buena idea que los países del sur, en serias dificultades para colocar su deuda pública, siguieran compartiendo la moneda única. Fue entonces cuando empezó a entonarse aquel estribillo que acabó por atragantársenos a todos: España no es Grecia. Dónde va a parar. No me compares. El mismo estribillo que ahora entonan, a dúo, Mariano Rajoy y Carolina Bescansa.

Lo que pasó en los meses siguientes lo recordamos más o menos. En España, Zapatero anunciando medidas de ajuste que hasta el día antes de tomarlas tachaba de ultraconservadoras, contraproducentes y propias de personas que quieren aprovecharse de la crisis en beneficio propio. Zapatero anunciando en el Congreso un giro en su política económica (y en su forma de explicar el mundo) que ríete tú de Saulo, con la bancada socialista (allí estaba Pedro Sánchez) ensalzando la sinceridad de su líder al anteponer los intereses de España a los suyos propios —qué cosa tan meritoria— y la bancada popular (ahí estaba Rajoy) negándole a Zapatero el respaldo a medidas que él mismo había recetado porque lo urgente era desalojarle, no ahuyentar el riesgo de impago.

En Grecia, Papandreu —flamante líder del Partido Socialista educado en Estados Unidos— aprobó su primer plan de ajuste a cambio del préstamo barato de su socios europeos (nosotros) y empezó a encajar protesta tras protesta, movilización tras movilización, durante un año y medio, retocando el gobierno y buscando alianzas parlamentarias hasta anunciar —-como el cisne que canta— un referéndum para que la población se pronunciara sobre los términos del nuevo plan de ajuste que, a mediados de 2011, reclama Europa. Con Papandreu, lo sabemos, pasó lo que pasok: su propio partido, urgido por Berlín y Bruselas, le hizo la cama y acabó emergiendo un gobierno de unidad nacional (Iglesias lo llamaría la requete casta) encabezado por un tecnócrata, ¿se acuerdan?, Papademos.

Cinco años después de aquel foro de Davos en que al griego se le puso cara de culpable y a Zapatero de atribulado, Grecia se encamina a sus apasionantes elecciones de este domingo con el Pasok convertido en una sombra de lo que fue y Papandreu, recién fundado otro partido (electoralmente anecdótico) reclamando al gobierno que salga de las urnas aquello que él nunca llegó a hacer: un referéndum sobre el acuerdo que se alcance con la troika. Elecciones-gobierno-negociación y ratificación de lo negociado en referéndum.

El gobierno que saldrá de las urnas, salvo que las encuestas anden a por uvas, será de mayoría absoluta de Syriza (la izquierda radical, ése es su nombre) o de mayoría no absoluta pero suficiente para hacer de Tsipras el nuevo primer ministro. Viéndose ya en puertas del gobierno, y habiendo recorrido en los últimos doce meses un camino similar al que en España viene haciendo Podemos, ha ido limando su programa político hasta identificar, hoy, la izquierda radical con un libreto socialdemócrata que promete más impuestos para los ricos, menos para las clases medias y un programa de ayudas, incentivos y subsidios que conviertan al Estado en el motor de la recuperación económica.

Como programa sirve para llegar al domingo y para salvar la investidura: lo que llegue luego (sin referéndum a lo Papandreu en el horizonte, dependerá de los acuerdos que alcance el gobierno nuevo con una troika que, aun siendo vieja, ha limado también su percepción (y su discurso) sobre el primer ministro en potencia. A Tsipras ya no se le ve como el peligroso demagogo que sacará a los griegos del euro y los condenará a décadas de miseria sino como un izquierdista —más vehemente en el discurso que en la práctica— que habiendo roto esquemas en su ascenso político evitará romper la baraja una vez que gobierne.

Cinco año después de aquel foro de Davos que, visto en perspectiva, fue un poco The walking dead, Rajoy se abstiene un año más de acudir a la cita —que vaya De Guindos— y anuncia medio millón de nuevos puestos de trabajo en 2015 (la previsión presentada como hecho ya consumado) mientras confía en que un gobierno de izquierda-muy-izquierda en Grecia no acabe siendo ese elemento imprevisto que desbarata todas las previsiones económicas (aunque sólo sea porque lo de Tsipras de imprevisto empieza a tener muy poco).

Samarás, colega de Rajoy, no pierde la esperanza de dar aún la campanada mientras Cristine Lagarde, ex ministra de Sarkozy hoy al frente del FMI, emula a Mecano entonando para los griegos esta canción que dice: una deuda es una deuda es (qué es una deuda sino algo renegociable) y Pablo Iglesias, discípulo de Tsipras confía en poder celebrar, por asimilación, su gran semana griega.

Cinco años después de aquel foro de Davos que señaló el comienzo del ocaso de Zapatero, el PSOE se apresta a vivir otra semana convulsa si, como ella misma sugirió esta mañana, Susana Díaz convoca mañana elecciones andaluzas para marzo. Adelantando, así, su propio examen para salir airosa, confía ella, de la cita abriéndose camino para ganar después las primarias y el liderazgo del partido. El advenimiento del susanismo que no llegó a consumarse hace un año probará, de nuevo, fortuna.

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Carlos Alsina
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