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EL MONÓLOGO DE ALSNA

Cuando el espejo en el que se miraba el president no era escocés, sino quebequés

  • Carlos Alsina | @carlos__alsina |
  • Madrid |
  •  | Actualizado el 08/04/2014 a las 20:33 horas

Les voy a decir una cosa.

Hubo un tiempo en que el espejo en el que se miraba el president no era escocés, sino quebequés.

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El monólogo de Alsina: Cuando el espejo en el que se miraba el president no era escocés, sino quebequés
Artur Mas y Jordi Pujol Artur Mas y Jordi Pujol | Foto: EFE

El referéndum que ponía como una moto en aquel momento, año 95, a los independentistas catalanes -muy en minoría entonces- no se iba a celebrar en la histórica nación escocesa fundadora, con Inglaterra, de la Gran Bretaña, sino en la provincia canadiense que, con ocho millones de habitantes y una superficie que es tres veces España, aspiraba a constituirse en estado independiente: Quebec. El president, en el 95, era el jefe del clan, Jordi Pujol, “español ejemplar” a decir del diario ABC que rentabilizaba su condición de socio necesario de Felipe y que acababa de incorporar a su gobierno autonómico (gobierno perpetuo) a un concejal que le pareció aprovechable, un tal Artur Mas que venía a cubrir el hueco dejado por la dimisión del consejero de Obras Públicas, sospechoso de corrupción.

En Quebec, aquel año 95, se celebraba referéndum por la independencia. “Un gran ejemplo de democracia porque democracia es que el pueblo vote”, dijo el entonces líder de Esquerra, Angel Colom, antes de saber que había ganado el “no”. El gurú de Convergencia, o sea Pujol, alma del nacionalismo catalán y quintaesencia de la catalanidad en todos sus sentidos, dijo algo bien distinto: “Toda nuestra simpatía para Quebec, pero Cataluña es otra historia, nuestro camino es la negociación y nuestra apuesta, la autonomía dentro de España y por el bien de España”. Si al consejero debutante, aquel Artur Mas agradecido a Pujol por su confianza, le interesó mínimamente el referéndum de Quebec debió de manifestarlo únicamente en la intimidad. Todo lo que se decía de él en las crónicas periodísticas del momento es que era economista, más técnico que político, sin perfil ideológico conocido ni mayor significación en el mundo nacionalista. “En el partido lo que se destaca”, decía La Vanguardia, “es que tiene buena relación con los hijos de Pujol”. Eso era todo. No han pasado todavía veinte años.

Hoy, en Quebec, donde sigue habiendo, como entonces, muchísimos independentistas, ha presentado su renuncia la lideresa del partido nacionalista, una señora que se llama Pauline Marois y que apenas ha gobernado dos años. Convocó elecciones anticipadas creyendo que mejoraría, así, su representación parlamentaria y le ha pasado justo lo contrario, se ha pegado un tortazo notable. No se recuerda error de cálculo tan pasmoso desde que Artur Mas convocó a los catalanes a las urnas en 2012 entusiasmado por la manifestación de la diada y decidido a rentabilizar en su favor la euforia independentista. Se equivocó la paloma, se equivocaba.

En Cataluña fue Esquerra, el independentismo de siempre, quien le agradeció al nuevo gurú que hubiera dejado la legislatura a medias para poder pesar aún más. En Quebec ha sido la oposición al independentismo, los liberales federalistas, quien ha aprovechado el tremendo error táctico de Pauline para ganar las elecciones y regresar al gobierno. “Teníamos tanto que cumplir”, ha dicho, desolada, la lideresa caída, tanto como prometimos sin saber que a los votantes nuestras promesas les dejaban fríos. La campaña del Partido Quebequés versó sobre cuestiones identitarias y la promesa de un nuevo referéndum, a ver si a la tercera iba la vencida y ganaba, por fin, el “sí”. “Queremos ser nación independiente y lo seremos”, dijo Pauline hace sólo dos años.

Convirtió el referéndum en el monotema de su gobierno y acabó apagando la emoción y pagando el hartazgo. Los sondeos venían reflejando que sí, que el debate sobre identidad nacional y soberanismo resultaba atractivo para los ciudadanos, pero no lo bastante como para desbancar a otros debates más urgentes sobre la situación económica y la calidad de vida. “Se acabó la división y empieza la reconciliación”, ha dicho, a modo de lema inaugural, el nuevo jefe de gobierno. No habrá, por algunos años, nuevo referéndum de independencia. Hubo dos y los dos se perdieron, pero los independentistas, entra en su lógica, seguirán queriendo convocar otro y otro hasta que lo ganen. Sólo si alguna vez pasa eso, se acabarán los referendos para siempre, no vaya a ser que, alcanzada la independencia, se arrepientan los quebequeses y quieran volver a donde estaban antes.

Artur Mas, aquel técnico sin perfil político al que no se conocía pasión alguna por el estatus de Cataluña hace veinte años, no ha llegado a explicar nunca cada cuánto tiempo entiende él que hay que preguntarle a una parte de la población a qué estado desea pertenecer o de cuál desea irse. Dado que él lo plantea como la mera expresión de la voluntad popular, y dado que las opiniones pueden cambiar -como demuestran casos tan llamativos como el de Pujol o el propio Mas-, cada cuánto se haría el referéndum para saber si el deseo de pertenencia, o de independencia, ha cambiado. ¿Contemplaría Artur Mas una Cataluña independiente en la que se consultara cada cierto tiempo a la población si desea volver a pertenecer a España? ¿O la voluntad popular sólo la concibe para ir en una dirección, nunca en su contraria?

El president se ha escaqueado del debate que sigue, a esta hora, en el Congreso de los Diputados. Los tres enviados del Parlamento catalán no deben de ser los diputados más brillantes de esa cámara. Han hecho intervenciones flojitas y olvidando el papel que les correspondía, hablar en nombre del Parlamento de Cataluña, no del partido en el que cada uno de ellos milita. Hicieron discurso de partido y no alcanzó a mencionar ninguno de ellos, siquiera de pasada, a los cuarenta y tres diputados de ese parlamento que votaron distinto de la mayoría, de los ochenta y tres de la abrumadora mayoría.

Cuando esta tarde dijo Joan Herrera, de Iniciativa, que el PP y el PSOE optan por una solución autoritaria al imponer en el Congreso su mayoría, olvidó preguntarse si no es eso mismo, votar y hacer valer la mayoría, lo que él, con ERC y CiU hizo en el Parlamento catalán el pasado mes de enero. La mayoría en el Congreso le parece autoritaria y nociva, la mayoría en el Parlament le parece una bendición democrática.

No hicieron un papel muy lúcido los tres enviados a Cortes. Rajoy y Rubalcaba, a su lado, parecieron Demóstenes. El presidente del gobierno, más racional que emotivo, ha tenido el acierto de encomendar a su equipo que, esta vez sí, le preparara un buen texto. El discurso estaba pensado y trabajado (probablemente intervino ahí más de una pluma), con un acierto principal: presentar la Constitución no como un corsé fabricado para impedir que las normas cambien, sino como la garantía, la defensa que tienen los ciudadanos, frente al poder, sus vaivenes y sus abusos.

Artur Mas lo vio por televisión. No quiso acudir a las Cortes porque no quería que se le viera salir de allí, dijo, con el rabo entre las piernas. Para eso están los diputados del Parlament, para comerse el sapo que al presidente le disgusta. Dado que es el Parlamento catalán quien hacía la petición que ha sido denegada, habría de ser, en todo caso, la presidenta de ese Parlamento quien valorara, en nombre de la institución, el resultado. Pero es Artur Mas quien anuncia para esta noche una declaración institucional. A Madrid no quiso ir, pero no iba a dejar de hablar en un día como éste. Como si Cataluña fuera él, más él que el Parlamento que votaron los catalanes. “Teníamos tanto que cumplir”, dijo hoy, desolada, la lideresa caída del independentismo quebequés, resignada a no poder convocar el referéndum al que supeditó toda su carrera política.

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Carlos Alsina
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