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EL BLOG DE ALSINA

Hablar, acabó hablando el duque, como en “The artist”

  • Carlos Alsina |
  • Madrid |
  •  | Actualizado el 27/02/2012 a las 20:46 horas

Les voy a decir una cosa.

En sintonía con los Oscar, hoy vamos a hacer un programa mudo. Con orquesta, naturalmente.

Iñaki Urdangarin llega por segundo día a los juzgados Iñaki Urdangarin llega por segundo día a los juzgados | Foto: EFE
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El monólogo de Alsina: El artista

Qué tiempos, ¿verdad?, en que el cine carecía de sonido y había menos paro entre los pianistas. Perdón, dije que iba a ser un programa mudo y en lugar de hablarles, por tanto, yo debería usar letreros. Eso es: fondo oscuro, letras blancas y grandes, frases cortas. Mensajes como éste...

...o éste otro...

...éste con exclamaciones...

...eso es, una interrogación. Y un suspiro que, por supuesto, no se oye. ¿Ven la cantidad de cosas que les he contado en un momento?

Qué difícil es hacer un programa de radio mudo. Hacer una película muda es más fácil. Contemplemos, como espectadores, ésta. Atención, que empieza: en pantalla aparece un hombre delgado y con ojeras. Uff, la mueca de su boca indica que está enfadado. Va en un coche elegante. Le dice al chófer que pare. “¿Aquí?”, se lee que pregunta el conductor. El hombre de mal humor asiente. Aquí, aquí. “Pensé que debía llevarle hasta la puerta”, dice el chófer. Pero el hombre malhumorado desciende del coche y comienza a caminar por la cuesta abajo. Vaya, es un tipo alto.

Rostros de sorpresa entre las personas allí apostadas. Un joven le señala. “¡Es él!”, grita. Todos miran al hombre delgado y serio mientras avanza. Gritan a la vez. “¡Artista!”, le dicen, según pone el letrero, “¡artista, devuelve lo que te has llevado!Una señora añade: “Ya no te queremos”. El hombre, que en otro tiempo fue una estrella y ahora parece estrellado, camina con la cabeza alta hacia una puerta en la que pone “juzgado”. Tres reporteros le abordan con micrófonos aparatosos.

No se sabe qué le preguntan, pero tienen, también ellos, mala cara. El hombre les invita a detenerse con la mano. No quiere preguntas. Ha preparado una declaración. Carraspea para aclararse la garganta. Se confirma que él no es mudo. Letras blancas sobre fondo negro. Soy inocente de todo, dice. Un reportero levanta una ceja. Primer plano de la reportera, con gesto de incrédula. “Déme un voto de confianza, señorita”, dice el hombre delgado. Y ella niega con la cabeza, “yo a usted no le doy nada”.

Plano del hombre entrando en la sala de justicia. Hay un señor de negro sentado a una mesa en una tarima alta. Se sabe que es el juez porque lleva peluca. Nunca sonríe. Cara de palo mientras realiza el interrogatorio al imputado. Vemos al juez haciendo una pregunta. Y ahora al hombre delgado, que niega con la cabeza. Otra vez el juez, que pregunta. De nuevo el hombre, negando. El juez pregunta más deprisa y con mayor vehemencia. El hombre eleva las cejas y mira al techo, dice no saber de qué le hablan. Y otra pregunta del juez. “¿No es más cierto que sabía usted de las facturas falsas?” Y otra negación del hombre delgado. El juez le suelta: Para decir esto, mejor no haber venido”. El hombre pone cara de si por mí fuera...”

Un letrero nos informa del tiempo que va pasando. “Dos horas después”. El juez sigue interrogando. El hombre eleva los hombros y, de nuevo, niega. Otro letrero: “Dos días después”. Al juez se le ha movido la peluca, tiene la toga arrugada. El hombre delgado se ha aflojado la corbata y está sudando. Sigue el juego. Y los letreros. “Tres años después”. Al juez le vemos despelucado y viejo. El hombre, desfondado, niega con la cabeza apoyada sobre una mano. Ahora ya sudan todos. Han batido el récord de interrogatorio más largo de la historia y aún le quedan preguntas al magistrado.

La última escena de la película es la más confusa. De repente la luz del sol inunda la sala y es el juez quien, en pie, anuncia a la concurrencia su veredicto: “¡Este hombre es un santo!”, exclama. La esposa del reo, entonces, le abraza y el público -que de nuevo lo adora- aplaude a rabiar y le regala un perro. Despejan la sala de justicia para festejar todos la sentencia.

Y los tres, hombre, mujer y perro, bailan claqué sobre el suelo encerado. Ah, pero el hombre, de pronto, despierta. Porque este final feliz, pobre, lo está soñando.

Abre de nuevo los ojos cuando el juez golpea la mesa con su martillo y le recrimina por quedarse frito en el Palacio de Justicia. “Para esto, mejor no haber venido”, le dice de nuevo. El siguiente letrero blanco sobre fondo negro da cuenta de la última frase que pronuncia el juez: Citaré a su socio, él dice, “para preguntarle a él por las actuaciones de usted”.

Y entonces el hombre delgado abre descomunalmente los ojos y ahoga un grito de pavor en su garganta. La cámara se acerca para ofrecer un primerísimo plano del nudo que se le está haciendo hasta que quedarse en negro toda la pantalla.

“Continuará”, dice el último letrero. Hablar, acabó hablando el duque, como en “The artist”. Pero si en algún momento creyó que hablar le devolvería el favor del público, que le redimiría, entonces, como la paloma, se equivocaba se equivocaba. Hablar, habló veintidós horas seguidas Iñaki Urdangarín. Para decir que él no pudo cometer delito alguno porque no era él quien administraba el Instituto Noos, aunque figurara como presidente, ni quien decidía cuánto y por qué conceptos se facturaba. Él era sólo -dice-, la cara visible de la empresa, el encargado de las relaciones de alto nivel (entiéndase por ser él quien era). Y como él no estaba en el día a día, debió de resultarle marciano, que la Zarzuela le pidiera en 2006 que abandonara esos negocios, puesto que el Rey debía de saber mejor que él lo feo que resulta hacer negocios aprovechándote de tu posición y de la pátina de entrega desinteresada que adorna las actividades de la real casa.

A la espera de ver cómo la investigación judicial, e independientemente de la consideración legal que finalmente tengan los hechos, el duque ha ofrecido en este relato que ha hecho sobre sí mismo la precisa imagen de un conseguidor. Un conseguidor de favores para sí mismo. De alguien que sabe cuál es la llave que le puede abrir las puertas de los contratos públicos; sólo una llave: su nombre, su matrimonio, su parentesco. Alguien, que conociendo cuál es la llave, la utiliza sin disimulo y sin cargo de conciencia. Los contratos de las administraciones públicas llegaban por ser él quien era. Es probable que incluso si lo que se viene publicando acaba siendo considerado por un tribunal “hechos probados”, los posibles delitos en que habrían incurrido Urdangarín y sus socios serían de carácter fiscal y falseamiento de facturas.

La responsabilidad de velar por el buen uso del dinero público (porque no se despilfarre ni se desvíe injustificadamente a manos privadas) corresponde al cargo público que administra el presupuesto: al gobierno autonómico de turno que ha de frenar el desahogo con que se mueve el exprimidor. En su defensa, los aludidos (Matas y Camps) dicen en privado: qué presidente le va a negar al duque un contrato para organizar unas jornadas sobre cualquier cosa y a cualquier precio; quién iba a regatearle unos miles de euros sabiendo que era Urdangarín, marido de infanta, yerno de jefe de Estado. Si el hombre nos muestra el cazo, pensaban, habrá que llenárselo.

 

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Carlos Alsina
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