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El monólogo de Alsina

¿Y si hay divorcio entre Reino Unido y Escocia?

  • Carlos Alsina | @carlos__alsina |
  • Madrid |
  •  | Actualizado el 17/09/2014 a las 20:12 horas

Les voy a decir una cosa.
“Después de ese momento clave en que uno toma la decisión de divorciarse”, escribe el abogado en sus memorias, “comienza la verdadera tortura: qué te quedas tú, qué me quedo yo, qué pasa con la casa, con los niños, con la pensión, quién paga el psicólogo, de quién es el perro. En mi despacho siempre tengo la caja de kleenex”.

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El monólogo de Alsina: ¿Y si hay divorcio entre Gran Bretaña y Escocia?
Un interrogante junto a la bandera de Escocia (arriba, i) y la del Reino Unido Un interrogante junto a la bandera de Escocia (arriba, i) y la del Reino Unido | Foto: EFE

Gerald Nissenbaum es un abogado de Boston especializado en divorcios (una celebridad, al parecer, en el mundillo) que lleva cuarenta y cinco años negociando separaciones, el “divorce lawyer”, esto que aquí, en una pirueta interesante, llamamos abogado matrimonialista. Este pasaje de sus memorias -la decisión de divorciarse como punto de partida para un recorrido a menudo tortuoso- lo eligió hoy un columnista del Times de Londres para sugerir, primero, que en caso de que gane el “yes” (“aye”) mañana en Escocia -aye no es un lamento, es la forma en que allí dicen sí- en caso de que esta opción gane, el referéndum de mañana no va a ser el último; y, segundo, que si eso pasa más le vale al Reino Unido ir buscándose un buen abogado...matrimonialista precisamente. Un tiburón, como aquel que interpretaba James Woods, que le busque las vueltas al abogado de la otra parte, cuyo nombre es sobradamente conocido ya en toda Europa -Salmond, Alex Salmond- y cuya habilidad para llevarse el gato al agua en las negociaciones también está bastante acreditada. Si hay divorcio, dice el columnista -i gana el sí- lo que viene después es negociar los términos de la separación, a saber (y mencionando solo los primeros aspectos que a uno se le ocurren) quién se queda con los edificios escoceses que hoy son propiedad del gobierno británico, qué pasa con los empleados públicos, y con la deuda, y con el petróleo del mar del norte; y qué pasa con la moneda, los museos, la BBC y las leyes migratorias. Es decir, todas estas facetas de una hipotética separación de Escocia y Reino Unido que los votantes que mañana van a las urnas han estado debatiendo, y planteándose infinidad de preguntas, desde que se anunció el referéndum hace dos años. Todas esas preguntas y sus respuestas que no aparecen, en realidad, en las papeletas que se van a usar mañana. Lo de mañana es sí o no, nos salimos o nos quedamos dentro. Si Escocia elige quedarse, fin del asunto y a cumplir la promesa de traspasar a su parlamento nuevas competencias. Si Escocia elige irse, cuidado que al día siguiente sigue formando parte del Reino Unido durante un año y medio más, marzo de 2016. ¿Por qué? Porque hay que negociar (y pactar) los términos del divorcio. Este plazo de dieciocho meses para atar todos los posibles cabos es, seguramente, optimista; hay firmas de análisis financiero, muy inquietas este día con lo de Escocia, que le echan no menos de tres o cuatro años a una negociación con tantos palos como ésa. Pero, además, queda por resolver cómo se ratifica, quién bendice, los términos de esa separación negociada por los gobiernos. Uno de los cónyuges, la sociedad escocesa, decide divorciarse. Pero los términos del divorcio tendrá que aceptarlos no sólo este cónyuge que inicia el proceso sino también el otro. ¿Qué es tuyo, qué es mío y cómo dividimos lo que es de ambos? Tal como se le ha reconocido al pueblo escocés que tiene derecho a pronunciarse sobre la permanencia o la ruptura, habría de reconocérsele al pueblo británico (ingleses, galeses, norirlandeses) su derecho a decidir si les vale o no les vale el acuerdo de separación que pacten los gobernantes. “Soy un demócrata”, decía anoche David Cameron cuando le preguntaban si se arrepiente de haber bendecido el referéndum de mañana, “soy un demócrata y así como hacemos las cosas en el Reino Unido, los ciudadanos tienen siempre la última palabra”. Visto así, y siempre que gane mañana el “”, lo que los británicos estarán escogiendo en las legislativas del próximo mes de mayo es a su abogado matrimonialista, el gobierno, y su primer ministro, que ejercerá de abogado defensor de los intereses del Reino Unido frente al abogado escocés, señor Salmond. Y el referéndum al que tendrían que ser convocados los británicos, antes de que la independencia de Escocia se consume, es el de la ratificación de los términos de la ruptura matrimonial. ¿Qué pasa si el pueblo, en su derecho a decidir, dice no? ¿A quién se recurre entonces para que desbloquee el asunto? Todo son escenarios hipotéticos e inéditos. Y justo por eso, muy interesantes.

Este símil del matrimonio uno de cuyos cónyuges decide divorciarse es muy del gusto de los independentistas catalanes, con la diferencia de que aquí no hay dos naciones que decidieron casarse y allí, en el Reino Unido, sí. Allí sí tiene sentido la metáfora. Pero la prueba de que Escocia, la hoja de ruta de Salmond, es el espejo es que se han mirado hasta ahora los promotores de la consulta es que ayer mismo el presidente catalán mencionó que, una vez los catalanes voten (en referéndum o en elecciones) y caso de que salga un mensaje claro a favor de la secesión, habrá que abrir la negociación con el gobierno central para pactar los términos de la separación. Tal como hace dos años estaba convencido de que el claro mensaje que salió de las urnas -un parlamento mayoritariamente partidario de celebrar la consulta- produciría de inmediato la apertura de una negociación con el gobierno central –-a la escocesa— para acordar las condiciones del referéndum. No entraba, probablemente, en los cálculos de los soberanistas (y de Artur Mas) hasta qué punto Rajoy se mostraría impasible, sin dar opción a negociar nada relativo a una consulta y etiquetándola desde el minuto uno de ilegal e imposible. El president se esforzó en provocar la apertura de una negociación -emulando a Salmond- pero vio frustrado su plan y la ruta paralela a la vía escocesa. La negociación que nunca empezó.

Al presidente norteamericano Calvin Coolidge lo apodó la prensa de la época (final de los años veinte) “Cal el silencioso”, por lo parco en palabras que casi siempre se mostraba. Se cuenta que en cierta ocasión se le acercó una señora, no necesariamente llamada Artura, que le dijo: Hable conmigo, presidente, hable conmigo, por Dios, que me he apostado diez dólares a que conseguría arrancarle a usted más de dos palabras”. Más de dos. Coolidge le respondió: “You lose”. “Usted pierde”.

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Carlos Alsina
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