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EL MONÓLOGO DE ALSINA

La historia de este brote de ébola

  • Carlos Alsina | @carlos__alsina |
  • Madrid |
  •  | Actualizado el 14/10/2014 a las 10:50 horas

Les voy a decir una cosa.

Es como un nido, formado por cincuenta viviendas, en medio de un cerro colmado de árboles. Si pones el nombre en el GoogleEarth, Meliandou, te llevará hasta el sur de Guinea, todo en colores verdes, una aldea en forma de círculo, en medio de un bosque, cuyas casas puedes contar una a una por sus tejados de paja.

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El monólogo de Alsina: La historia de este brote de ébola
Una enfermera atiende a un paciente enfermo de ébola Una enfermera atiende a un paciente enfermo de ébola | Foto: EFE (Archivo)

Jeffrey Stern, periodista de Vanity Fair, estuvo allí a finales de julio. “Me cruzo con un crío que lleva una camiseta de Messi que le queda tres tallas grande”, escribió, “me cruzo con un anciano que, a pesar del calor, lleva anorak como signo de distinción; con un adolescente que mira su teléfono móvil, tapándolo del sol con la mano como quien se enciende un cigarrillo habiendo viento. Y con gallinas y cabras que vagan libremente”. El periodista recorrió el pequeño pueblo, y se fotografió con sus vecinos, cuando éste ya era conocido como en el lugar en el que empezó todo. Porque  aquí, en Meliandou, la vida corriente terminó un día después de Navidad, diciembre de 2013, de la mano de un murciélago de la fruta y un niño de dos años.

Esta historia, que es la historia de Teresa Romero, comienza hace once meses en esta aldea diminuta. Y no se sabe cómo. Quizá Emile, el niño, tocó el murciélago antes de que su madre lo cocinara. Quizá la sangre del animal alcanzó a tocar el cuerpo del crío. A las pocas horas, la fiebre, la diarrea, el niño que se pone muy malo. Sia, la madre, embarazada, coge al niño y a su hermanita de tres años, Philomene, se va a casa de su madre, la abuela Koumba. La casa no es muy amplia, la madre tiene una invitada, su amiga la señora Fanta, que ha venido a verla desde Sierra Leona. Hay que compartir las camas. Emile se muere el día que mueren los niños inocentes, 28 de diciembre. Y van cayendo enfermos todos los miembros de la familia. La hermanita, la madre, la señora Fanta. Cuando Sía sufra un aborto la partera que la atiende se infectará también.

La abuela Koumba ve actuar al chamán, con sus fetiches y sus invocaciones, pero ella, que tiene una amiga enfermera en Guekedou, sabe que es la medicina, no la fe, lo que salva vidas. Así que, con su propia enfermedad ya avanzada, se marcha a la ciudad a pedir ayuda a la enfermera. Que la recibe, la abraza, la examina -le pregunta si el agua que beben está limpia- y concluye que por algunos síntomas -la deshidratación- parece cólera pero, por otros, -la fiebre-, no sabe qué puede ser. Morirá la abuela, sin saber de qué se muere, morirá la familia entera de Emile y morirá unos días después la enfermera, mientras aguarda turno en la sala de espera de un doctor al que conoce, ya en otra ciudad, de nombre Macenta.

Para mediados de enero, el médico de Tekolo avisa a las autoridades locales de que hay un posible brote de cólera en su departamento. Varios pacientes muertos, todos de la misma aldea, Meilandou, con síntomas que hacen pensar en el cólera. “Como hace dos años”, piensa este doctor, Jean Claude, “ha vuelto el cólera”. Acuden a Meliandou doctores enviados por el gobierno. Saben que algo anda mal pero no son capaces de averiguar qué es.

Consultan con sus colegas de Médicos sin fronteras, visitan por segunda vez la aldea y siguen sin entender lo que están viendo. Ahora nos puede resultar incomprensible, cómo no acertaron con el diagnóstico, pero el ébola nunca había estado en Guinea. Son frecuentes los brotes de malaria, de cólera, intentaban encajar lo que veían en aquello a lo que estaban habituados. Pero esto era nuevo.

Desde Macenta, el doctor al que se le ha muerto una paciente en la sala de espera informa a las autoridades de que él mismo presenta ahora fiebre. También su hijo. Es médico, pero no sabe qué enfermedad está sufriendo. Los casos de personas con síntomas que no encajan empiezan a multiplicare en la ciudad a la que viajó la abuela y la ciudad en la que estuvo la enfermera. Y es la muerte de este doctor de Macenta lo que activa la entrada en escena de la organización mundial de la salud. Tres meses y medio después de la muerte de Emile, no se sabe aún por qué ha muerto, pero sí que hay varias decenas de Emiles en poblaciones que distan entre ellas muchos kilómetros.

Cuando decimos que este brote que ha alcanzado a Teresa empezó en marzo lo que estamos diciendo, en realidad, es que fue entonces cuando se diagnosticó correctamente. Y no fue por la fiebre ni por la diarrea, fue por el hipo. El mérito corresponde a este doctor belga, Michel Van Herp...

...al que Medicos sin Fronteras desde Guinea hizo llegar un informe exhaustivo sobre los síntomas de los pacientes. Éstos le hicieron pensar, en primer lugar, en la fiebre de Lassa, que también causa un virus y se contagia por el contacto con los fluidos. Pero reparó en un comentario incluido en el informe: los pacientes tenían hipo. De manera persistente. Durante días. Eso cambió su primera impresión. “Puede ser fiebre de Lassa”, comunicó a la ong, “pero yo diría que estamos ante un brote de ébola”.

Cooperantes de la misión de Médicos sin Fronteras en Sierra Leona cruzaron la frontera camino de Guekedou con equipos de protección básicos para conseguir muestras de sangre que enviar al laboratorio de París. Se empaquetaron conforme al protocolo -tres capas de material protector y absorbente- y se embarcaron en el vuelo nocturno de Air France de Conakry a París.

El primer resultado llegó el veinte de marzo: no era Lassa sino ébola. Fue en ese momento cuando Emile, dos años, de Meliandou, en Guinea, se convirtió en el paciente cero de este brote de ébola. El segundo resultado llegó dos días después y fue demoledor: era ébola de la variedad Zaire, la de mayor tasa de mortalidad.

Zaire fue el nombre de un país (hoy Congo), al que viajó en 1976 un médico, también belga, muy joven y muy barbudo. Voló en un avión grande desde Bruselas a Kinshasa y luego en un avión pequeño hasta Yambuku. No ha olvidado que, despues de aterrizar, los pilotos no quisieron apagar los motores.

Tan asustados estaban que sólo querían despegar y salir cuanto antes de allí. Aquel joven médico, con veintisiete años y ganas de comerse el mundo, había recibido unos días antes, en su laboratorio, un termo con hielo y muestras de sangre extraídas a una monja belga misionera. Y al observarlo con el microscopio recuerda haberse quedado sin respiración.

Mucho más grande que casi todos los virus y con una forma extraña, como un gusano. Este médico investigador, que se llama Peter Piot, hizo el petate y se fue para África con un par de colegas y un tomavistas con el que grabaron en super8 todo lo que allí hicieron. Este documento vintage, que ha rescatado ahora el programa 'Horizon' de la BBC , es el primer registro audiovisual que existe de los efectos del virus -hombres que se desploman de pronto, mujeres en cama, sepulturas- y de cómo, sin saber aún lo que era, los médicos belgas se cubrían todo el cuerpo -mono de plástico, gorro, guantes, máscara- para examinar a los enfermos.

La primera pista de cómo se había producido el contagio la obtuvieron en el pequeño hospital que atendían las monjas. Y al que ellas mismas les recomendaban no entrar.

Pensaban que iban a morir todos. Pero el hospital era clave en la investigación porque muchas de las víctimas de la enfermedad sin nombre eran mujeres embarazadas que habían acudido allí previamente a que les inyectaran vitamina B. Era un procedimiento habitual en la época: inyecciones de vitaminas a las mujeres embarazadas. Con jeringuillas que se reutilizaban sin esterilizar. Ésta fue la primera pista.

La segunda, que cada vez que se enterraba a alguien surgía, en el entorno, un nuevo brote de contagio. Los funerales eran letales. O en realidad, como luego se sabría, la preparación previa del cadáver. El joven doctor Piot alcanzó a descubrir las vías de contagio, primer paso para controlar la expansión de la enfermedad. Le llevaría algo más tiempo averiguar cómo había llegado ese virus a introducirse por primera vez en el ser humano. Bautizó el virus con el nombre del río, Ébola, y fue entonces cuando la monja pasó a ser considerada como paciente cero de la enfermedad, el primer caso conocido.

En cada nuevo brote de ébola habría de ser posible, con tiempo y con muchos medios, hacer el árbol genealógico de la enfermedad. Desde quién se contagió a quien. Todos los enfermos actuales son descendientes, en este sentido, del pequeño Emile. Entre ellos, Teresa y los otros occidentales infectados que han sobrevivido. Y entre las preguntas que aún no tienen respuesta están estas dos:

· ¿Por qué unas personas se contagian y otras, teniendo el mismo contacto, no?

· ¿Qué distingue a la persona que sobrevive de aquella que no consigue ganarle la carrera al virus?

El brote de ébola inmediatamente anterior a este de ahora se produjo en Uganda hace dos años. Las personas que sobrevivieron, sin recibir medicamento experimental alguno, son de especial interés para la ciencia.

A un grupo de ellas, como esta veteranísima mujer, enfermera jubilada a la que apenas le quedan dientes, se le sigue extrayendo sangre periódicamente para averiguar cómo funciona su sistema inmunológico, de qué depende que esté mejor preparado para generar anticuerpos y hacerlo más deprisa.

La información que se obtiene de este seguimiento a pacientes que sobrevivieron la manejan tanto los equipos científicos que tratan de conseguir una vacuna -el de Glaxo en Estados Unidos, el de la agencia de salud pública de Canadá, el del doctor Hill del instituto Jenner de Oxford- como aquéllos que desarrollan posibles antídotos.

Desde hace diez años, el doctor Gary Kobinger, canadiense, estudia un posible medicamento que cure la enfermedad. Dado que el ébola, este virus tan largo y con forma de gusano, se adhiere a la célula primero como si fuera un velcro...

...(se pega a la célula para que ésta lo absorba), se trata de lograr que la célula identifique ese velcro y, en lugar de aceptar que se acople, lo repela. Estimulando, a la vez, el sistema inmunológico para que genere los anticuerpos que lo eliminen más deprisa. El zmapp es una combinación de tres anticuerpos. Está en fase de ensayo con monos. Las primeras pruebas sólo probaron su eficacia si se administraba en la primera hora después de la manifestación de la enfermedad. Pero las últimas, modificando la dosis y la frecuencia, han revelado un cien por cien de eficacia incluso cinco o seis días después de los primeros síntomas.

Se ha probado con monos y, sobre el papel, las pruebas en humanos no deberían empezar hasta 2015.

Pero la casualidad cambió, en agosto, esos planes.

Mientras el ébola sólo mató africanos, el peso del combate recayó en los gobiernos y los científicos de los países afectados. Se habilitaron teléfonos para comunicar posibles casos, enviaron equipos a las aldeas a examinar síntomas, declararon cuarentenas temporales durante las cuales nadie podía salir de casa. Sierra Leona se estremeció cuando supo de la muerte del doctor Umar Khan, su mayor experto en enfermedades infecciosas. Liberia lo hizo cuando falleció Samuel Brisbane. Sólo cuando a primeros de agosto se supo del contagio de dos cooperantes norteamericanos, Kent y Nancy, emitió su declaración de emergencia la Organización Mundial de la Salud.

A Nancy la noticia del contagio se la dio su propio marido, médico en la misión de la que ambos formaban parte. “El test de Kent ha dado positivo...y tú tambien lo tienes”.

Sólo entonces se le planteó al doctor Kobinger un dilema. La casualidad, o golpe de suerte, quiso que el médico que más años llevaba trabajando en una posible cura estuviera atendiendo enfermos en un hospital de Sierra Leona cuando los dos cooperantes americanos se contagiaron en el país de al lado. Y quiso que este médico se hubiera llevado consigo, desde Canadá, tres dosis de su producto experimental, el zmapp. La ONG pidió a Kobinger probar su producto en sus dos cooperantes. Él admite que se le plantearon varios debates éticos: si es correcto experimentar, o no, con personas sabiendo que puede haber efectos secundarios desconocidos. Y por qué empezar con estos pacientes y no con los africanos.

Fue este otro médico, el que atendía a los cooperantes en Monrovia, quien les explicó  el terreno inexplorado en el que entraban.

Habló con ellos, de los pros y los contra, y una vez que ambos dijeron “sí” al tratamiento experimental se planteó otro problema. Como si fuera el guión de una película, solo había dosis suficientes para tratar a uno.

Ambos dijeron que fuera el otro quien tuviera prioridad, pero al final se optó por  aquel que había presentado síntomas antes. Y fue esta segunda decisión, que fuera Kent, y no Nancy, la que convirtió al doctor Kent Bratley en el primer ser humano en probar este producto experimental, el zmapp, el mismo que ahora está recibiendo Teresa.

Fue el primero en recibirlo y el primero en curar habiéndolo recibido. El segundo sería William Pooley, enfermero británico repatriado al Reino Unido a finales de agosto.

“Saber que este producto puede marcar la diferencia entre vivir o morir hace que se me rompa el corazón pensando en los pacientes africanos que no lo tienen”.

Cuando Teresa pueda añadir su nombre a los de Pooley, Bratley,  Writepol, Sacra -occidentales que sobrevivieron y cuyos nombres conocemos- su propia sangre se convertirá en fuente de tratamiento para quienes puedan infectarse a partir de ahora.

Si se cumple el mejor de los escenarios, ella sanará y no habrá, entre los hoy en observación, ningún nuevo caso. Pero las probabilidades juegan en contra de la posibilidad de que, con eso, se acabe el ébola en España. El brote ya existía antes de que nuestro  sistema público de salud se revelara poco entrenado para reaccionar a un primer caso. Antes de que fracasara en sus ruedas de prensa Ana Mato. Y seguirá existiendo cuando cese el clamor de los tiempos del ébola y cese, o no cese, o siga o deje de seguir la señora Mato.

Ésta es una historia con muchos protagonistas. Emile, la abuela Koumba, Jean Claude, el doctor de Tekolo que dio el primer aviso, Van Herp, el que cayó en la cuenta de lo del hipo, Peter Piot, el descubridor del virus, Kobinger, creador del primer tratamiento. Los médicos y misioneros que no lograron sobrevivir, Umar Khan, Olivia Buck, Miguel Pajares, García Viejo. Y los médicos y cooperantes que sí lo hicieron.

Como si fuera el FMI, el centro de control de enfermedades de Estados Unidos, por sus siglas CDC, hace también estimaciones. En su mejor pronóstico, si de aquí a fin de año han sido aislados la mayoría de los pacientes en el África Occidental, el número de muertos estará entre once mil y veintisiete mil personas. En el peor, si los recursos   y el personal médico no aumentan, superará el millón de muertos.

La historia de este brote de ébola, que es la historia de Teresa y de la enfermera de Dallas ingresada este fin de semana, y de tantos otros,  comenzó hace diez meses  en una aldea de Guedekou con forma de nido en lo alto de un cerro colmado de árboles, donde los niños llevan camisetas de Messi que les quedan grandes. Es una historia que se sigue escribiendo hoy. Y que no llegará a su última línea -esta es una historia que  no termina-, mientras no pueda afirmarse que el brote, el ébola de 2014, ha quedado controlado.

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  • Foto de miro_2

    #2 miro_2 La verdad es que he escuchado la historia un par de veces, y hay que ver como cambian las cosas dependiendo de como te las cuenten,... en este caso, como es de costumbre un diez Carlos.

    15/10/2014 a las 23:46
  • Foto de pulitronco

    #1 pulitronco Todos los ciudadanos tenemos el derecho de estar bien informados, pero estar bien informados no es que un periodista nos de su ideas y su opinión. Un monologo como el que Carlos Alsina ha desarrollado esta noche, es como poco, para darle las gracias de su profesionalidad y buen hacer de la información. Gracias Carlos.

    14/10/2014 a las 10:41
Carlos Alsina
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