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MONÓLOGO DE CARLOS ALSINA

Iniciamos la semana con la tragedia de un terremoto de verdad

  • Carlos Alsina | @carlos__alsina |
  • Madrid |
  •  | Actualizado el 27/04/2015 a las 08:19 horas

Abusamos tanto, los medios, de la palabra terremoto, ¿verdad? —-terremoto político, terremoto bursátil, terremoto diplomático- que cuando llega el terremoto a secas, el de verdad, nos estremece comprobar hasta qué punto pueden llegar los daños.

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Monólogo de Carlos Alsina: Iniciamos la semana con la tragedia de un terremoto de verdad
Terremoto en Nepal Terremoto en Nepal | Foto: Getty Images

Los reparables ——casas y templos que habrán de ser reconstruidos—- y los que ya no tienen solución. Decimos dos mil quinientos muertos sabiendo que es una mera estimación, un cálculo. Sabiendo que es imposible saber, todavía, qué ha sucedido en los pueblos que no son Katmandú y a los que no han llegado ni militares, ni bomberos, ni cooperantes internacionales. Aunque el terremoto de Nepal sucedió el sábado, la historia completa de este desastre está aún empezando a escribirse.

Cien familias españolas aguardan noticias. Confiadas en que sea hoy cuando suene el móvil, cuando vean en la pantalla el nombre del hijo, de los padres, de la hermana que se fue a Nepal a hacer turismo unos días, o que se fue a Nepal hace años para quedarse allí. Cien familias que esperan noticias de los suyos y esperan que fructifiquen las gestiones que desde el sábado realiza la embajada de España en Nueva Delhi. Son los españoles de Nepal, aquellos de los que aún nada sabemos, el vínculo que nos hace sentir como propio el seísmo en un país remoto del que apenas sabemos que es punto de partida para subir a la montaña más alta del mundo, ésta que nosotros llamamos “Everest” y ellos, Sagarmatha. Los tres mil doscientos muertos, los seis mil quinientos heridos, los no-se-sabe-cuántos desaparecidos son, en su abrumadora mayoría, nepalíes. Como lo son los miles de profesionales locales —-médicos, enfermeros, ingenieros, militares—- que han asumido, desde el primer minuto, la asistencia a los heridos, el desescombro y la cremación de los muertos.

Es español Omar Havana, el reportero gráfico que firma algunas de las fotografías que con mayor difusión está publicando la prensa internacional. Siete meses lleva este periodista viviendo en Katmandú, antes fue testigo del paso del huracán Vilma en Cuba, y ha contado que éstas son las escenas más devastadoras de que ha sido testigo en toda su vida: sobrepasado por todo lo que tengo delante.

Los más viejos del lugar evocan lo que sucedió hace ochenta años. Aquel otro terremoto brutal que dejó una sola torre en pie en todo Patán. Sabían los viejos, y sabían los sismólogos, que otro terremoto acabaría llegando. Pero saben también que el hecho de que sea previsible no significa que sea evitable. Era inevitable que, de alcanzar la fuerza que éste tuvo, tirara por tierra construcciones y sacudiera la montaña desencadenando avalanchas. Los muertos no los causa el temblor, sino los edificios que se desploman. Y aunque, ocurrido el terremoto, se reclamarán cambios legales que obliguen a que la construcción de los edificios cumpla con determinadas normas antisísmicas, las familias afectadas intentarán reconstruir sus viviendas como buenamente puedan, y a ver quién se lo reprocha.

Nepal. Otra vez iniciamos la semana con tragedia.

Un terremoto de verdad. No un juego de palabras sobre los corrimientos de tierras que están anticipando, en España, las encuestas. A un mes de las elecciones y a cuatro y medio de que se disuelvan las Cortes generales. Y subiendo la apuesta en el discurso épico-histórico-apocalíptico que hacen los partidos para convencernos de que esta vez las elecciones importan de verdad, oiga, no como antes. No es un año electoral cualquiera, oiga, es la madre de todos los años electorales. Nunca nos habíamos jugado tanto desde que murió Franco, ha dicho Javier Arenas, el rival de Cospedal en su registro hiperbólico.

En realidad, y ahí está la hemeroteca, todas las elecciones generales las han planteado sus contendientes en términos de “esto es la repera patatera”. Siempre nos estamos jugando la supervivencia del país y la unidad de España, el progreso frente a la regresión,  siempre estamos dándoles o negándoles un futuro a nuestros hijos y eligiendo entre la salvación y el abismo, la redención y la condena. Todos juegan a extremar el drama y a presentar la elección entre el blanco y el negro. Luego pasan las elecciones y descubrimos que tampoco es para tanto, ¿verdad? Que basta que Susana termine de enterrar a Griñán y Chaves (ambos echando las muelas) y procure no retratarse más con Botín y Francisco González para que Podemos (olvidando a Zarrías, a Viera, a Mar Moreno) predique a los suyos la bondad de dejar gobernar a la casta.

Mientras Iglesias cultiva la escenografía propia del cesarismo —-esas entradas en olor de multitud del profeta carismático flanqueado por su guardia de notables—- a Rajoy lo bajan del estrado para confundirlo con la plebe. Acercando al líder al pueblo votante, explican los estrategas de campaña. ¡Constructores de escenarios, daos por muertos! Ahora se lleva que el orador y su público entregado estén a la misma altura. Uno más entre la gente corriente. Los socialistas se quejan de que el PP les haya copiado porque ellos a Pedro (Sánchez) ya lo trataban como alguien del montón. Un corredor corriente.

El PP fía el éxito de su campaña, aparte de a erradicar los estrados, a estas dos ideas: el PIB está creciendo al 3 % y la experiencia de gestión es un valor en sí mismo. De los cuatro principales, Rajoy, Sánchez, Iglesias, Rivera, sólo el primero ha gobernado algo. Sánchez ha sido concejal y diputado raso. Iglesias ha llevado un departamento universitario y Rivera acumula trienios como diputado autonómico. Pero gobernar, lo que se dice gobernar (gobernar lo que sea) sólo Rajoy lo ha hecho. ¿Es ventaja o es inconveniente? Ahí los comentaristas se dividen. La incertidumbre no parece un valor que ayude, aunque a Zapatero no le impidió ganar, o precisamente por eso. Pero el problema de haber gobernado ya es que se te puede medir por lo que has hecho y cómo lo has hecho. “Hemos cumplido el 91 % de nuestro programa electoral”, dicen los populares. El 91 %, un alarde de precisión de eficacia incierta.

Ciudadanos, que no ha gobernado nada en ningún sitio, sufre de eclosión de nueva militancia. De pronto tiene tantos simpatizantes que no hay forma de garantizar un naranjismo sin mancha. Ahora están recurriendo a Google. Rellenas tu nombre en la solicitud y se van al buscador a ver qué sale. Tanto meterle caña a Google para que nos reconozca el derecho al olvido y ahora es herramienta esencial para la higiene democrática. “Amigo, sale usted en Google por una multa de estacionamiento que no pagó, se siente, no ha pasado el filtro”.

Arrimarse al ganador es un táctica de éxito profesional como tantas otras. No todo el que se apuntó al PSOE o al PP en sus buenos tiempos fue por honda convicción política. Hay militantes, incluso dirigentes, de los dos partidos que han hecho suya la ideología de manera sobrevenida, si hay que ir se va: socialismo era lo que Zapatero dijera que era socialista, como conservador es lo que Rajoy diga que es el centro. Y como el naranjismo irá siendo lo que decida Naranjito.

Hoy exhiben los populares en sus mítines las ronchas que les salen sólo de oir hablar de Ciudadanos —ese joven pintón e inexperto que se junta con profesores rencorosos para comerle al PP la merienda—, pero en la misma noche electoral comprobaremos que las ronchas eran de pega y que allí donde sólo apreciaban frivolidad y gaseosa alcanzarán a encontrar coincidencias y confianza. El cortejo está proscrito hasta las ocho de la tarde del día de las urnas. A partir de las ocho, el contorsionismo es virtud y no mancha.

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Carlos Alsina
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