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EL BLOG DE ALSINA

Lágrimas en el cielo

  • Carlos Alsina |
  • Madrid |
  •  | Actualizado el 01/11/2012 a las 20:22 horas

Les voy a decir una cosa.

Esta mañana, Andrés -cuarenta y cuatro años, casado, una hija- se levantó, más tarde de lo que él acostumbra entre semana.

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El monólogo de Alsina: 'Lágrimas en el Cielo'

Hoy es fiesta, no tenía que madrugar. Dejó a Elena, que es su esposa, durmiendo en la cama y se fue a la cocina, a prepararse un zumo y un café. Entraba luz por la ventana que da al patio. “Un día soleado”, se dijo, “un día luminoso de otoño frío en Madrid”. Dudó en poner la radio, no fuera a despertarse Elena, pero le pudo la costumbre y le dió al “on”. Escuchó los primeros compases de la tertulia y pensó “sin novedad”. Hablaban del euro por receta, de Hacienda, de Artur Mas. El menú de cada día. Le puso agua a la cafetera, llenó el cacillo, encendió la vitro. Abrió el armario de las tazas.

Y entonces se quedó parado. Con la mano en el tirador, el cuerpo rígido. Una palabra en la radio: suceso. Otra palabra: fiesta. Una ciudad: Madrid. Y la frase corta que le sacude como si fuera el único destinatario del aviso envuelto en luces rojas: tres chicas muertas. Andrés deja la cocina -la cafetera en el fuego, la radio puesta- y avanza por el pasillo con el miedo taladrándole la cabeza. Cuántas cosas puedes pensar en diez segundos. La puerta de la habitación está cerrada. La habitación de la hija. Él agarra con cuidado el picaporte, entreabre, con el mismo cuidado, la puerta. Y su mundo, de pronto, vuelve a estar en orden porque allí está ella. La hija adolescente que ayer salió de fiesta. Durmiendo, segura, entera.

Como Andrés, como Elena, sois tantos, ¿verdad?. Los padres y madre que esta mañana, al prender la radio, al prender la radio, al abrir el ordenador, al ojear el iPad, al conocer la noticia de la muerte de tres jóvenes en la fiesta del Madrid Arena os habéis asomado a la habitación de vuestras hijas para aseguraros de que no fueran ellas.

Otros padres y otras madres cuyas hijas ya no viven con ellos, o no estaban aún durmiendo en casa, agarraron el móvil y las llamaron para eso mismo, para descartar, para saber que esta desgracia no les había golpeado a ellos, para eliminar esa termita de nuestra tranquilidad que es la incerteza, el no saber. Anoche hablábamos de la muerte, en la víspera de Todos los Santos, y hoy nos hemos encontrado de cara, recién amanecidos, con ella.

Hoy nos acordamos de vosotros, los padres que pudisteis respirar al comprobar que vuestras hijas no eran, y nos acordamos, claro, de estas tres familias, de los padres y madres cuyas hijas sí eran. Katia, Rocío, Cristina. La incredulidad, la impotencia y que han invadido -sin pedir permiso- la vida de estos padres  que hoy se sienten como les hubieran abierto el pecho, les hubieran agarrado el corazón y se lo hubieran reventado, ese dolor tan brutal, enorme, que jamás pensaron que pudiera llegar a sufrir.

La incredulidad es general porque queremos creer que las reglas, las normas, los controles, garantizan que nunca pueda ocurrir un suceso como éste. Es absurdo. La muerte no puede llegarte, porque sí, el día que sales de fiesta. Y lo que nos cuesta es aceptar que sí puede ocurrir. Que, a veces, llega. Incluso habiéndose cumplido todos los controles, todas las prevenciones, todas las normas. Esto es lo que está, ahora, en discusión. O en investigación. Si cabe atribuir a alguna negligencia, a algún error de quien organizó la fiesta (o quien hizo las normas), si cabe señalar alguna irregularidad como factor que hizo posible que esto sucediera.

Es comprensible que deseemos que sea así, porque si identificamos ese factor podremos eliminarlo para el futuro. Haremos una norma nueva, implantaremos controles nuevos, inspeccionaremos de otra manera. Y eso nos devuelve una cierta seguridad, esa certeza que buscamos de que las muertes absurdas nunca ocurran. La investigación es todavía incipiente y se basa, en gran medida, en lo que la empresa organizadora declara (corresponde al juez de instrucción irlo verificando) pero no está probado ni que el aforo máximo fuera sobrepasado ni que estuvieran cerradas las salidas, como algunos testimonios de asistentes indicaron en las primeras horas.

No fue una estampida de diez mil asistentes que se encuentran con las puertas de emergencia selladas. La avalancha se produjo en uno de los pasillos de acceso, donde efectivamente tenía que haber mucha gente, como en toda la planta baja, y donde algo provocó que, en esa aglomeración humana algunas personas empezaran a empujar angustiadas queriendo salir a toda prisa, y chocando con los que hacían el recorrido contrario. Ese “algo” que desencadenó el desastre pudo ser, según la policía (hasta ahora sólo una hipótesis) una bengala o un petardo. Pero pudo haber sido cualquier otra cosa. Un tropiezo, un codazo, un empujón. Cuando un pasillo se parece a una colmena, cualquier mecha puede desencadenar una avalancha. ¿Se puede entrar a una macrofiesta con petardos y bengalas? ¿Hay que aumentar la lista de objetos prohibidos en locales con asistencias multitudinarias? ¿Hay que reducir los aforos máximos permitidos para los espacios queden siempre más desahogados de lo que estaba éste? Son preguntas que podemos hacernos, incluso que debemos hacernos. Pero sin ignorar que es muy difícil prever todos los factores posibles.

Que el aforo de un local es la gente que cabe en todo el local, pero eso no evita que se amontonen personas en los pasillos de acceso. Que tal vez lo que debiera asegurarse en fiestas como ésta es que los pasillos estén desahogados para que se pueda transitar sin aglomeraciones. Y que sólo a un irresponsable se le ocurre encender bengalas o petardos en una concentración humana tan enorme como ésta y en un local cerrado. Para las preguntas que están ahí seguimos todos buscando, y demandando, respuestas.

Los padres, los hermanos, los amigos, se estarán haciendo también esas mismas preguntas, aunque ellos de otra manera, porque para ellos la primera de las preguntas es cómo es posible que todo esto no sea un mal sueño del que uno puede despertar, qué sentido tiene que algo tan irremplazable y tan valioso como una persona a la que quieres y cuya presencia te ha acompañado siempre, haya dejar de estar ahí sólo porque a alguien, en una fiesta una noche en una sala, se le ocurrió tirar petardos. Cómo puede haber tanta desproporción entre un acto, ¿verdad?, y sus consecuencias. Para estos padres lo más difícil hoy es seguir. Cuando tu mundo se ha derrumbado, no es que te parezca imposible hacer las cosas, es que te parece imposible seguir.

Eric Clapton, guitarrista, cantante, compositor británico, perdió un hijo hace veinte años, cuando él tenía cuarenta y seis. Tenía un niño, de cuatro años, y de repente dejó de tenerlo. Quién puede prepararte para eso. Nueve meses después de su pérdida Clapton compuso una canción que se llama Lágrimas en el cielo. Comienza con una pregunta que le hace el padre al niño que ha perdido: “¿Sabrías mi nombre si yo te viera en el cielo? ¿Me ayudarías tú a mí a resistir si yo te viera en el cielo?

Tears in heaven es una de las quinientas mejores canciones de todos los tiempos según la revista Rolling Stone.

El tiempo puede derribarte.

El tiempo puede doblar tus rodillas.

El tiempo puede quebrar tu corazón,

Puede hacerte suplicar

Sé que debo ser fuerte

y seguir adelante

porque sé que yo no pertenezco aquí,

al cielo.

Buenas tardes y bienvenidos a La Brújula.

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Carlos Alsina
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