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EL MONÓLOGO DE ALSINA

¿Es más eficaz una multa que un expediente de servicios sociales con el riesgo de perder la tutela del hijo?

  • Carlos Alsina | @carlos__alsina |
  • Madrid |
  •  | Actualizado el 05/06/2013 a las 20:31 horas

Les voy a decir una cosa.

Una de las historias (falsas) más brutas que ha publicado este multimedia satírico norteamericano que se llamaThe Onion -”La cebolla”- fue ésta de junio del año pasado, que afortunadamente ningún medio español tomó por cierta, y que se titulaba: “El ama de llaves de Keith Richards se ha preparado mentalmente a sí misma, cada día desde 1976, para el momento en que se encuentre con el cadáver del artista”.

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El monólogo de Alsina: ¿Es más eficaz una multa que un expediente de servicios sociales con el riesgo de perder la tutela del hijo?
Jóvenes consumiendo alcohol Jóvenes consumiendo alcohol | Foto: antena3.com

La falsa crónica, ligeramente hiriente, explicaba cómo esta mujer, cada mañana al salir de su casa camino de la de Keith Richards, respira hondo y se dice: “Ténlo presente, Rosemary, es muy posible que sea hoy cuando lo encuentres no sólo inconsciente, sino difunto”. Y remataba el relato (insisto, falso) admitiendo que jamás pensó que el artista llegara a la edad que tiene y mucho menos que su muerte, cuando llegue, pudiera deberse a causas naturales. “Con el historial que tiene de sobredosis y comas etílicos -dice-, la verdad, nunca creí que pudiera morirse de otra cosa”.

Es bruta la sátira, pero tampoco es la primera que presenta al amigo Richards como paradigma de quien abusa tanto del alcohol y las drogas que lo raro es que aún siga vivo. Fíjate la cantidad de veces que este otro amigo que se llama Lou Reed ha tenido que explicar estos días que aunque es verdad que el trasplante le ha salvado la vida porque su hígado estaba hecho unos zorros, no guarda relación directa ese deterioro con sus años (más bien décadas) de borracheras y colocones a todas horas. “Todo eso ya lo dejé”, cuenta ahora, “aunque de haber tenido más presente los efectos lo habría dejado bastante antes”. Cosas que se dicen, y se piensan, a posteriori. Porque cuando uno tiene quince, dieciséis, diecisiete años, lo último que piensa -claro- es que por desfasar un poco los viernes y los sábados por la noche (quizá también el jueves) vayas a estar al borde de la muerte. Qué me estás contando, tronao.

La edad a la que se empieza a coquetear con el alcohol en España -una cerveza, un calimocho, un cubata- está un poco por debajo de los catorce años. A esa edad se prueba por primera vez. Entre los catorce y los dieciséis se va adquiriendo un cierto hábito de consumir los fines de semana y a partir de los dieciséis, el 75 % de los adolescentes consume alcohol si no todos los fines de semana (porque tampoco andan sobrados de dinero para pagárselo) sí una o dos veces al mes, mínimo. Dices: ¡pero si la edad mínima para poder consumir legalmente es de 18! La edad legal es 18 y la edad efectiva es más bien 15. Comprar, no pueden compran. Pero compran, o alguien compra por ellos. Todos los gobiernos han anunciado, en algún momento, el endurecimiento de las sanciones para quienes dispensen alcohol a los menores: el actual lo hizo a primeros de abril, cuando aprobó el Plan de Infancia y Adolescencia que contempla el aumento de los castigos a los facilitadores.

Por supuesto, beber de vez en cuando, o los fines de semana, no significa que un chaval vaya a ser Keith Richards. Es verdad que existe la costumbre ésa de competir -cuándo no existió- a ver quién aguanta más, ¿no?, quién es capaz de meterse más alcohol en el cuerpo, eh, sin dejar de controlar. Porque los menores saben -como sabemos los mayores- que el alcohol para lo que sirve es para ir controlando cada vez menos (bueno, también bebemos porque nos gusta como sabe, y porque en cantidades moderadas, el vino por ejemplo, hasta es bueno para la salud), pero cuando el personal sale de farra sabe que, cuanto más alcohol, menos vas controlando. Por eso la primera fase es la de euforia, la de sentirse desinhibido (entre 0,5 y 0,8 gramos por litro de sangre, suficiente para que no esté permitido conducir).

Luego ya llega la fase hipnótica, que es cuando uno nota que le cuesta coordinar sus movimientos. Luego la fase anestésica, que ahí ya el corazón empieza a ir más despacio y ves doble (madre mía que moco lleva). Y por fin la fase última, que es cuando te has metido más de 4 gramos de alcohol por litro de sangre y lo que dejas de controlar no son ya tus acciones conscientes sino todo aquello que hace nuestro cuerpo de manera inconsciente, como respirar o mantener el corazón funcionando. El tallo cerebral está tan empapado de alcohol que se olvida de impedir, por ejemplo, que aspires y vomites al mismo tiempo, por lo que puedes morir ahogado por ti mismo.

Entre la fase tercera y esta fase cuarta que la de no retorno es donde se sitúa eso que los adolescentes saben perfectamente lo que es (porque serán jóvenes y a veces imprudentes, pero no son idiotas): el coma etílico. Los chavales saben que si entras en coma etílico (te cuesta respirar, sudas mucho, no respondes), es que has tocado fondo. Ahí te has sobrado ya mucho, amigo, tanto que esa noche la pasas en urgencias fijo. Si tienes suerte, claro, porque si la suerte esa noche no está contigo igual no llegas a urgencias vivo. Cosas que ellos mismos comentan porque viven también en este mundo y saben perfectamente lo que hay. Son muy pocos los chavales que no han sido alguna vez testigos de un coma etílico. No que les haya pasado a ellos, claro, a sus amigos, pero sí que haya pasado cerca de donde estaban, en el mismo local, la misma plaza, en el grupo de al lado. En la casa de uno que organizó una fiesta aprovechando que los padres no estaban.

Sufrir una vez un coma etílico es haberse llevado uno mismo hasta una situación estúpida. Sufrir un coma etílico cada quince días es tener un problema serio. Tenerlo el hijo y tenerlo los padres –bien lo saben ellos y no hace falta que nadie se lo explique-. Lo que hoy anuncia el gobierno es que quiere apretar a los padres con hijos reincidentes en el coma etílico (es decir, con un problema serio) para que se pongan a la tarea de corregir esa parte del comportamiento de sus hijos. Que, en teoría, es algo que ya está establecido en los protocolos que rigen en los hospitales: si llega un menor en coma etílico, no sólo se avisa a los padres, sino que es decisión del médico si avisa también a los servicios sociales.

Cuando el menor es reincidente, lo usual es ese segundo aviso, a los servicios sociales para que indaguen en la situación de la familia e insten a los padres a ponerse las pilas. La novedad que ahora añade el gobierno es la multa. Una sanción económica a esos padres de menores reincidentes. No ha concretado aún mucho más el responsable del Plan Nacional sobre Drogas pero, por lo que ha dicho -que el reproche social que lleva aparejado la multa entiende él que será efectivo-, habrá que plantearse esta noche una pregunta: ¿es más eficaz una multa que un expediente de servicios sociales con el riesgo de perder la tutela del hijo?

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Carlos Alsina
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