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EL MONÓLOGO DE ALSINA

En memoria de Tom Sharpe

  • Carlos Alsina | @carlos__alsina |
  • Madrid |
  •  | Actualizado el 06/06/2013 a las 21:13 horas

Les voy a decir una cosa.

“Siempre que Henry Wilt sacaba al perro a pasear o, para ser más precisos, cuando el perro le sacaba a él, o, para ser exactos, cuando la señora Wilt les decía a ambos que se fuesen de casa para que ella pudiese hacer sus ejercicios de yoga, Henry siempre seguía la misma ruta. De hecho era el perro seguía la ruta y Wilt el que seguía al perro. En la vida de Henry Wilt no existían las decisiones súbitas. No era un hombre decidido”.

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El monólogo de Alsina: En memoria de Tom Sharpe
Imagen del fallecido autor Tom Sharpe. Imagen del fallecido autor Tom Sharpe. | Foto: agencias

Estas líneas, que son las primeras de una novela de humor que se titula como su personaje principal, Wilt”, las han leído en España varios cientos de miles de personas. Fuera de España, otros nueve millones. Estas otras líneas, que son las últimas de una novela de humor que lleva el nombre de su protagonista en el título, “La herencia de Wilt”, las han leído algunos menos -porque el éxito de ventas de la anterior fue abrumador-. Dicen:

“Al oír a su colega decir que iba a pedir otra ronda, Wilt se sintió optimista. Ya se las apañaría con Eva y las cuatrillizas cuando surgiera la siguiente crisis. Porque no tenía ninguna duda de que surgiría, pero confiaba en que tardara un tiempo en llegar”. Fin.

Así termina la quinta entrega de las aventuras -descacharrantes- del pobre Wilt, el profesor indeciso, anti romántico y ligeramente vengativo. Los lectores se han quedado sin saber cuál sería esa próxima crisis familiar que su autor, Tom Sharpe, anunciaba hace tres años, cuando se publicó “La herencia de Wilt”. Ya era, para entonces, este escrito británico octogenario y ya se había instalado a tiempo completo en Llafranch, la Costa Brava.

La historia de Henry Wilt -salvo que Sharpe dejara algo más escrito que aún no se haya publicado o salvo que algún discípulo se atreva a retomar la saga- terminó en ese último párrafo que hablaba de Eva y las cuatrillizas. La historia de Tom Sharpe, el padre de éste y otros personajes pasmantes -la familia Grope también es para echarla de comer aparte- terminó la pasada madrugada en su casa española. Poco después de venirse a vivir a la Costa Brava, huyendo -decía- de la sanidad británica que había intentado matarle, fue a entrevistarle Tomás García Yebra para El País y lo primero que le preguntó el entrevistado al entrevistador es si se iba a inventar la entrevista. “¿Por qué lo dice?”, se quejó el periodista. “Porque yo fui reportero en mi juventud”, le dijo, “y siempre me las inventaba; sí claro, hacía preguntas y tomaba notas, pero luego me lo inventaba todo porque quedaban más divertidas”.

Además de inventar a Wilt, o antes de inventar a Wilt, Tom Sharpe se inventó a Tom Sharpe, un periodista metido a escritor que anhelaba denunciar las injusticias que veía en el mundo pero que comprobó que, escribiendo cosas serias, nunca ganaría un penique. “Mi único don es escribir cosas divertidas”, admitía, “así que no elegí el humor, hizo lo único que se me daba bien porque quería ganar dinero”. Y lo ganó, desde luego, porque sus novelas de humor siempre tuvieron público multitudinario y porque se interesaron por llevar algunas de ellas al cine o al teatro productores que no siempre acertaron en el intento. “¿Por qué los críticos valoran tan poco el humor?”, le preguntó Yebra. “Porque no se pueden lucir, de los problemas y las tragedias todo el mundo puede expresar su opinión, pero ¿qué puede decir uno del humor? Si lo explicas, lo estropeas. Los críticos lo saben y por eso evitan teorizar al respecto”. Ahí quedó la tesis de un inglés al que se cita como lo más parecido que nuestro tiempo ha tenido a un Evelyn Waugh o un Wodehouse.

Y ahí quedó esta otra historia, seguramente exagerada, que contó para explicar la diferencia entre enterarse de las noticias y saber lo que pasa. “Tengo un amigo en Inglaterra”, decía, “que lee cuatro periódicos, escucha la radio y ve los telediarios. Al final del día hablo con él y compruebo que no se ha enterado de nada. Porque una cosa es enterarse de lo que ocurre y otra saber, entender, lo que está pasando. Yo cada día doy un paseo, escribo un poco, duermo la siesta, doy otro paseo y hablo sólo con personas normales, es decir, nunca escritores y mucho menos periodistas”.

El personaje Sharpe. Inspirador del personaje Wilt. Nunca albergó la menor duda de que el mundo es un gran disparate. Las personas corrientes hacemos cosas disparatadas. Gracias a eso, los escritores sarcásticos y corrosivos inventan historias inspiradas en nosotros y se ganan la vida logrando que estemos entretenidos leyendo sobre nosotros mismos.

Trataremos, aunque sólo sea hoy y a la memoria de Tom Sharpe, de saber, además de contar, qué diablos está pasando ahí fuera (como diría Juan Diego Guerrero, lo que está pasando ahí fuera). Qué está pasando con Blesa, cuya  puesta en libertad reclama la fiscalía. Qué está pasando con Bárcenas, de quien sostiene la policía que enviaba dinero negro obtenido con la Gurtel a sus cuentas suizas.

Y qué está pasando con la ley de transparencia, cuya tramitación parlamentaria ha vivido una jornada interesante -la última de las comparecencias en comisión- porque se han personado en el Congreso los representantes de la CEOE, UGT y CCOO. Como el gobierno les ha incluido a los tres en la ley de transparencia, el congreso les ha invitado a contar cómo lo ven. Y ha quedado claro que, de boquilla, a los tres les parece muy bien la ley de transparencia, pero a la hora de la verdad se lo parece bastante menos. La CEOE refuta la mayor: dice que, siendo una organización privada cuyo presupuesto, mayoritariamente, no procede de dinero público no entiende que tenga que verse obligada a contar nada.

Los sindicatos mayoritarios, que dicen no tener problemas es publicar el uso que se da al dinero público que perciben, ponen el acento en los límites: que no se les obligue a contarlo todo porque eso afectaría, protestan, a su efectividad sindical. En algún momento han recordado los dos representantes sindicales, Monell y Benito, que ya anunciaron su compromiso de publicar los fondos públicos que perciben en sus páginas web. Bien es verdad que, a día de hoy, ese compromiso aún no se ha cumplido. La CEOE, por cierto, ha colgado esta tarde en su web la cuenta de resultados de 2012, como prueba de que no tiene inconveniente en que se sepa cuánto recibe en subvenciones y cuánto genera por sí misma, no así el desglose de salarios de sus empleados, directivos incluidos.

Lo cierto es que en la comparecencia de esta mañana no han querido los comparecientes ofrecer un solo dato concreto. UGT y CCOO afirman que el grueso de sus ingresos, hasta el 70 %, procede de las cuotas que pagan sus afiliados, pero añaden que no tienen los datos concretos en la cabeza, cuánto se paga de media y cuál es el número de afiliados. Ellos también están dispuestos a que se sepa la procedencia de cada euro que manejan, pero no a tener que publicar el desglose, por ejemplo, de los salarios.

Toxo dijo hace un par de semanas que no pensaba participar de este streaptease. Aquí le preguntamos el otro día al secretario de Estado Ayllón y ya saben lo que dijo: “Entiendo que no le guste, pero tendrá que hacerlo aunque sea a disgusto”.

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Carlos Alsina
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