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El monólogo de Alsina

El monólogo de Alsina: ‘Dejad vuestros egos en la puerta’

  • Madrid |
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  •  | Actualizado el 28/01/2014 a las 20:10 horas

Les voy a decir una cosa.

Ha quedado como un recuerdo viejuno carne de caricatura, pero en su día fue todo un acontecimiento. Ponías la radio, y ahí estaba. Salías a la calle, y siempre había alguien canturreándola.

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El monólogo de Alsina: ‘Dejad vuestros egos en la puerta’
Barack Obama despide a Mandela Barack Obama despide a Mandela | Foto: EFE

Tal día como hoy de 1985 (veintinueve años nos contemplan) terminó de grabarse, en el estudio de sonido de Kenny Rogersen Los Ángeles, una canción interpretada por cuarenta y cinco estrellas de la música unidas para recaudar fondos con los que paliar la hambruna de Etiopía. e de la selección y edición de los mejores momentos de cada semana.

Aquella canción nos enseñó a todos un poco de inglés, ¿verdad?, lo justo para decir “We are the world, we are the children”, hasta ahí llegábamos, el resto ya era tarareo. En la invitación que cursó Quincy Jones a los artistas participantes incluyó esta frase ciertamente persuasiva: “Dejad vuestros egos en la puerta”. Como el aniversario no es redondo, los escritores que han estado puliendo, con Obama, su esperado discurso de esta noche ante el Capitolio (tres de la madrugada, el presidente ante las dos cámaras), no han debido de incluir la evocación ni aquel acontecimiento artístico, pero la frase de Quincy Jones le vendría al pelo para reflejar la opinión que tiene la Casa Blanca de una buena parte de los congresistas y senadores. En el comienzo de su sexto año de presidencia (tres para dejar el cargo al siguiente), Obama se siente atrapado en un pulso permanente con los legisladores (la mayoría republicana de la Cámara de Representantes, particularmente). El presidente propone, el Congreso dispone. Lo decía Obama en el reportaje sábana que le hizo amigo, David Remnik, en el New Yorker: “En estos años me he dado cuenta de hasta dónde llegan mis limitaciones como presidente”. La refutación, en boca del afectado, de ese tópico que describe al residente en la Casa Blanca como el hombre más poderoso del mundo, díselo a Obama: frenada su reforma migratoria, aguada la del control de las armas, rectificada la sanitaria y abortado el incremento del salario mínimo.

Díselo a Obama, siempre con la espada de Damocles de otro cierre de la administración federal pendiendo sobre su crisma. Se espera que esta noche el presidente reitere esa declaración (cada vez más protocolaria) que viene haciendo apelando al consenso y el debate constructivo. Pero no se esperan, esta vez, grandes anuncios ni grandes propuestas. En este que es el discurso en que la presidencia marca su hoja de ruta para el año siguiente, los portavoces de la Casa Blanca anticipan perfil bajo. Reclamará un esfuerzo para reducir la desigualdad entre norteamericanos y planteará, si acaso, medidas concretas (no necesitadas de la bendición del Capitolio) para mejorar la situación de las clases medias. Porque se da, en la presidencia de Obama, la siguiente paradoja: justo ahora que los indicadores económicos de los Estados Unidos están en su mejor momento de los cinco últimos años (todo el primer mandato estuvo marcado por la crisis y las políticas de estímulo de la Reserva Federal), justo ahora que la economía objetivamente mejora, peores son los índices de aprobación de la opinión pública norteamericana. Hoy lo destaca su periódico de referencia, el New York Times: la economía mejora, el presidente empeora.

Si Rajoy está un poco atento a la política estadounidense (que no parece) encontrará tal vez en esta paradoja ‘obámica’ un cierto parecido con el horizonte que él tiene por delante en este año. El presidente del gobierno lo ha fiado todo (incluyendo en el “todo” su futuro más allá de 2015) a la recuperación económica. Si en su primer año de mandato el único discurso fue el déficit público y en el segundo la elusión del rescate (“elusión” con “e”), este tercer año lo ha iniciado prometiendo que la recuperación que apenas se intuye aún en los indicadores empecemos a notarla en el trabajo. Objetivamente, la situación financiera del país (entiéndase la captación de préstamo internacional para atender nuestras necesidades y el saneamiento de los presupuestos autonómicos) es hoy mejor que hace dos años. Circunstancia que convive con esta otra: en PIB y en tasa de paro, los números siguen siendo peores que cuando Rajoy llegó al gobierno. Hoy ha dicho Luis de Guindos que su previsión para 2014 la va a revisar al alza, del 0,7 en que está ahora a casi un 1 % más de PIB (en comparación con 2013). Y que (nuevo mantra del gobierno) este año habrá nuevos puestos de trabajo, es decir, que el paro bajará no porque los desempleados se vayan a buscar la vida a otros países, sino porque aumentará el número de ocupados en España.

A falta de que la realidad vaya confirmando las previsiones a medida que avance el año, es cierto que las perspectivas sobre nuestra economía (las perspectivas) han mejorado, sin que ello se haya traducido, para el PP, en una mejora de sus perspectivas electorales. Los demoscópicos estiman que, a medida que la economía mejora, va teniendo menos peso en las preocupaciones de los ciudadanos votantes, de tal manera que así como una recesión influye decisivamente en el ánimo de los electores, una bonanza influye bastante menos, dejando terreno libre a otros asuntos y otros debates. No está escrito en ningún sitio que un descenso del paro, o una mejora económica, en vísperas de 2015 baste por sí sola para garantizar un resultado u otro. En el entorno del presidente empieza a circular esa idea: a ver, si sacando el país de la crisis, todavía nos la vamos a pegar en las urnas. Esto de “sacamos el país de la crisis” es forma de hablar característica de quien está en el gobierno: cuando empieza una crisis es el país en el “entra” en ella, él solito; pero cuando la crisis va acabando, es el gobierno el que “lo saca”, apúntese el mérito. Obama mira las encuestas y se pregunta: si el paro está hoy en el 7%, habiendo alcanzado en 2009 los dos dígitos, por qué los ciudadanos me aprecian cada vez menos.

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Carlos Alsina
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