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MONÓLOGO DE ALSINA

Nicolás Maduro es un falso imitador de Hugo Chávez

  • Carlos Alsina | @carlos__alsina |
  • Madrid |
  •  | Actualizado el 16/04/2015 a las 08:24 horas

A las ocho de la mañana, las siete en Canarias. Les digo una cosa. Maduro nunca ha sido un tipo gracioso. A Maduro, Nicolás, no le adorna el sentido del humor. Ni el ingenio para hacer frases brillantes. En esto no ha salido a Chávez, que tenía esa vertiente showman. Hombre espectáculo en estilo caribeño, o sea, hablando siempre largo, hablando eterno.

 

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Monólogo de Alsina: Nicolás Maduro es un frustado imitador de Chávez
Pablo Iglesias le entrega al Rey la serie 'Juego de tronos' Pablo Iglesias le entrega al Rey la serie 'Juego de tronos' | Foto: agencias

Maduro carece de aptitudes para la broma. Acuérdense de lo del pajarito aquel que se le aparecía para inspirarle bolivarianamente con sus trinos. O de este juego de palabras que intentó hacer ayer con el apellido de Rajoy. El rajado de Rajoy, fue todo lo que le salió, pobre demostración de la ausencia de talento para la crítica ácida. En eso, como en tantas otras cosas, sigue siendo Maduro un frustrado imitador de su mentor difunto.

Pero es el presidente de Venezuela. Y cuando el Parlamento europeo, o el Parlamento de España, le afea la persecución y encarcelamiento de sus adversarios políticos al presidente le escuece y se rebota. Que reaccione obligando a las radios y los televisiones de su país a castigar a los espectadores con varias horas de prédica presidencial es un alarde de crueldad que sufren, con resignación, los venezolanos. Que salpique su interminable sermón de palabras gruesas dirigidas a Rajoy, racista, franquista, colonialista y otras diez o doce cosas más terminadas todas en ista, tampoco va más allá de la obligación que siente el gobierno de aquí de darse por enterado, y por ofendido, convocando al embajador bolivariano para echarle la charla. Pero son, en realidad, capítulos repetidos de un serial que ya está visto, el de un presidente venezolano cuyo país da muestras de una inestabilidad cada vez mayor que aprovecha cualquier motivo para sacar a pasear el cansino discurso de la amenaza exterior, la vieja táctica del discurso-plantilla en el que solo hay que rellenar con el nombre que cada día toque la línea de puntos. Quien me critica es un fascista que está detrás de todas las maniobras contra la revolución bolivariana, complétese hoy la frase con el nombre “Rajoy como antes se completó con el nombre Aznar, o Felipe, o Santos u Obama. No son las sobradas verbales de un Maduro encabritado lo que inquieta al gobierno de España. Lo que inquieta es que, además de ladrar, le pegue un viaje a alguna de las empresas españolas con presencia, e intereses, en Venezuela.

Hombre, tiene derecho Maduro a escocerse cuando el Parlamento de España le pone en evidencia por su acreditado desprecio a la separación de poderes, tiene derecho; y no le falta razón cuando dice que la corrupción del sistema español es un problema serio que tenemos —ahora iremos a ello—, pero hombre, Maduro denunciando la corrupción ajena es como Strauss Khan impartiendo lecciones de castidad. No es una paja, con perdón, lo que él tiene en el ojo, es un granero. Venezuela es el país líder de corrupción en Iberoamérica, como admite, censura y lamenta el mismísimo Pablo Iglesias. Cuya simpatía por Maduro, aunque la tenga escondida ahora en un armario, no ha decrecido.

Pablo Iglesias sabe dar golpes de efecto, ahí tienen las primeras páginas de hoy para acreditarlo. Iglesias el eurodiputado, alma de Podemos y agente comercial de la HBO, es decir, de la serie Juego de Tronos. Fue el eurodiputado español que más obsequioso se mostró ayer con la corona. Con el señor Felipe de Borbón, que es como él llama al rey de España. Afable y con buen ojo para la repercusión mediática, le regaló el pack completo de esta serie de intrigas y decapitaciones monárquicas. Si usted no ha visto Juego de tronos llevará un día entero preguntándose dónde está la guasa. Pues no tiene mucho misterio: es una serie sobre rivalidades entre dinastías en un territorio imaginario y medieval que si eres un espectador corriente la disfrutas porque siempre están pasando cosas pero si eres politólogo te sientes obligado a analizarla. Como expresión máxima de todo aquello que tú llamas la política y que, en realidad, se llama el poder.

Es la serie favorita del rey de Podemos porque, según él, todos nosotros, como los personajes de la serie, sentimos la urgencia de hacer algo para cambiar el desastre de país en el que ahora estamos. Entiéndase que en Juego de Tronos no aparece nada parecido a un Parlamento Europeo ni aparece Floriano fabricando fuego valyrio para hundirle la flota a Albert Rivera. Es todo más de sacar conclusiones sobre el poder y la forma de conseguirlo, ¿no? Los politólogos ven los capítulos tomando notas y luego publican libros con apariencia de profundos pero que son un poco de autoayuda. Para príncipes, líderes inicipentes y Tanias, digamos. Lo curioso de esta fascinación que siente Iglesias por Juego de tronos es que todos los protagonistas principales de la historia son hijos de la casta. Legítimos y bastardos. Unos ya entronizados y otros aspirando a poltrona, pero todos casta. Pertenecientes a alguna de las poderosas familias de los siete reinos, Pablo. Incluso John Snow, que es lo más parecido del elenco a un hombre corriente, de los de abajo, es hijo bastardo del señor feudal. Tal como la joven Khaleesi, lideresa de un ejército de hombre fotocopiados, esta Khaleesi rubia por la que suspira Pablo, es la última heredera de una dinastía cuyo linaje es también de sangre: ella va de princesa del pueblo, como Ester Esteban, pero es su cuna (y su clase social) lo que hace posible su matrimonio y sus dragones. Los descastados, en Juego de Tronos, son todos personajes secundarios. Que anhelan, eso sí, ser aceptados, reconocidos, invitados a formar parte, del pequeño mundo de los que de verdad mandan. A Pablo Iglesias se le vio feliz de ser saludado ayer por un monarca. Casi tanto como porque le invite a cenar a casa José Bono.

Es el riesgo de que el outsider acabe celebrando que lo traten como “uno de los nuestros. Y que se le acaben pasando la ganas de apuntillar a la casta. Claro que, al paso que vamos, quien va a enterrar a eso que se llama la casta no es Podemos sino la Agencia Tributaria. La lista de los 705 pe-e-pe, personajes con exposición pública. La abrumadora relación de cargos públicos, más o menos conocidos, a los que investiga el ministerio de Economía como sospechosos de haber blanqueado dinero. Políticos, muchos pero no sólo. Hay también fiscales, jueces y embajadores. De los 705 nombres sólo se conoce, de momento, uno. El one: Rodrigo Rato.

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Carlos Alsina
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