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EL MONÓLOGO DE ALSINA

El problema del gobierno con el 'tarjetismo'

  • Carlos Alsina | @carlos__alsina |
  • Madrid |
  •  | Actualizado el 20/10/2014 a las 20:34 horas

Les voy a decir una cosa.

Dieciocho días después de que se declarara el brote, el partido que gobierna España vuelve a tener un problema con el protocolo. No el del ébola, sino el del tarjetismo; no el ébola sino la cólera que ha generado en la sociedad este escándalo.

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El monólogo de Alsina: El problema del gobierno con el tarjetismo
Tarjeta negra de Caja Madrid Tarjeta negra de Caja Madrid | Foto: Agencias

Mientras se prepara el gobierno para proclamar su victoria contra el virus que llegó de África -mañana segunda y definitiva prueba a Teresa Romero- se enreda, la dirección del partido que gobierna, con esta otra infección en forma de tarjetas chicle a gusto del beneficiario. No alcanzó a medir, en el primer minuto, la dimensión del asunto y sigue pateando el balón casi dos semanas después.

En privado primero, después en público, dirigentes regionales del PP han recetado la esterilización del aparato: militante que haya disfrutado de las tartejas opacas, militante que ha de ser apartado. Lo han dicho, con nitidez y vehemencia variable, Núñez Feijoo, José Antonio Monago, Arantxa Quiroga y Alberto Fabra. Extremar la higiene y, si es preciso, amputar para frenar el contagio.

El antídoto contra el descrédito de los partidos mayoritarios -combustible para el motor revolucionado de Podemos- es prescindir de quien ha sido cuestionado, soltar lastre. Que en el caso del PP se llama expulsar a Rodrigo Rato. Ésta es la tesis de los que piden cabezas. Y que aducen, en defensa de su tesis, que es justo eso lo que se hizo, a las primeras de cambio, con Pablo Abejas, con Carmen Canfranga. Desempeñaban cargos públicos y fueron desalojados. Si no hubo duda para privarles del sillón, por qué ha de haberla para retirarles el carné del partido.

Hoy ha habido reunión de la plana mayor del PP y de nuevo se ha planteado el caso. Cospedal ha hecho saber a la prensa, de parte de Rajoy, que hay que aplicar el protocolo. ¿El proto qué? El protocolo. Que en el asunto que nos ocupa no consiste ni en aislar al infectado -Cospedal aún no se ha puesto el traje- ni en aplicarle tratamiento alguno que permita declarar el partido libre de virus. El protocolo, según describió la número dos de parte del uno, obliga a convocar en Génova a quienes tuvieron contacto con las tarjetas (los fluidos dinerarios) para que éstos puedan explicarse antes de transmitirles la terapia. Serviría, si no fuera porque ha pasado ya media cuarentena, dieciocho días. Dieciocho después de que el fiscal remitiera el asunto al juez -dos meses y dieciocho días desde que Luis de Guindos puso sobre aviso a algunos- la dirección del PP no ha encontrado aún el momento de citar a nadie para preguntarle nada.

Le ha dado tiempo al juez Andreu a citar, recibir, interrogar y fijar fianza de tres millones de euros (posible responsabilidad civil) a Rodrigo Rato, pero en Génova aún conjugan el verbo en tiempo futuro: “Todos serán escuchados”, dijo hoy Cospedal, sin alcanzar a añadirle al anuncio una cierta concreción: cuándo. El protocolo se ha revelado, como poco, lento. Y en realidad, a rastras. La dirección nacional -no así algunos barones- minusvaloró el asunto cuando éste estalló, dos de octubre, se acogió al comodín de “estamos a lo que diga la justicia”, y se puso a silbar mientras Ignacio González forzaba dimisiones, Pedro Sánchez anunciaba expulsiones e incluso UGT y Comisiones, aunque fuera rezongando, sacrificaban a algunos de sus alfiles. Rajoy no se dejó ver. Ahora le pesa la imagen de hombre rezagado.

Todos los datos del escándalo están publicados desde hace días. Es conocida la versión que da la dirección actual de Bankia y la que han dado, en un intento de descargare de culpa, los beneficiarios. Todos los elementos están expuestos y es, fruto de todo eso que ya se sabe, por lo que Cospedal puede afirmar, como hizo este mediodía, que en el PP están “escandalizados, indignados y sorprendidos”. Uno sólo se indigna y se escandaliza cuando cree evidente que ha habido mangoneo. Y, sin embargo, dieciocho días después (dos meses y dieciocho días si empezamos a contar desde que el FROB, o sea, el gobierno puso el caso en conocimiento de la fiscalía) todo lo que ha hecho el PP -la dirección nacional del PP- es hablar de lo escandalizado que está, sin más consecuencias.

“Todos serán escuchados”, dijo Cospedaly después se tomará una decisión incluso en los casos más dolorosos”. ¡Spoiler! Esto va a terminar en expulsiones. Incluidas las que resulten “dolorosas”, porque queda claro que, para Rajoy, hay una dolorosa -más bien, incómoda- y otras muchas, el resto, que le dan lo mismo. Unas expulsiones van a dolerle al partido más que otras, por mucho que la causa sea, en todos los casos, la misma. Haber disfrutado de tarjeta para cargarle gastos propios a los impositores de Caja Madrid. El gobierno presume ahora de que a Goirigolzarri, jefe del comando limpieza, lo puso él, y es verdad, aunque cuando lo puso no lo explicó con tanta franqueza. Tan cierto como que a Goirigolzarri lo puso Luis de Guindos es que a Rodrigo Rato lo puso Rajoy. Haciendo valer su peso sobre la díscola Esperanza Aguirre, que prefería aupar a Ignacio González.

Los barones regionales exigen algo más que lamento. Quieren expulsiones con las que reforzar su discurso de ejemplaridad, la lucha contra la corrupción, el terreno en el que los partidos mayoritarios cosechan mayor escepticismo, o desconfianza, de la opinión pública y en el que mayor desventaja presentan frente a formaciones recién nacidas que no han tocado, todavía, poder. Singularmente una que está en plena gestación de su programa político y su estructura, Podemos, la plataforma ciudadana de la que salió una candidatura a las europeas -exitosa- que ahora va a constituirse en partido.

En partido nuevo que, salvo sorpresa, tendrá una estructura poco innovadora: un secretario general fuerte y con carisma que encarne, más él que los órganos directivos, las esencias del ideario y la forma de hacer de su formación política. La génesis del nuevo partido habrá sido asamblearia -la participación para aprobar las grandes propuestas ha tenido más de 130.000 inscritos, caben pocas dudas de que se ha contado, se ha dado voz, a los simpatizantes--, pero para conquistar el poder -ganar las elecciones- Iglesias y su equipo recetan aquello que ya recetaron antes los dirigentes de los partidos de siempre: un liderazgo personalista. Revestido de humildad impostada. “Ya me gustaría a mí descargarme de responsabilidades”, dijo ayer Iglesias, “pero creo que tres secretarios generales no le ganan las elecciones a Rajoy y Sanchez y uno sí”.

El objetivo deja de ser hacer posible que fórmulas nuevas, tres secretarios generales, se hagan con la confianza mayoritaria de la gente; el objetivo, planteado abiertamente, es ganar, renunciando, si es preciso, a esas nuevas fórmulas y abrazando, si es preciso, fórmulas de siempre. No es tanto, a partir de ahora, cambiar la forma de ganar como ganar primero para poder cambiar después el sistema. Podemos ha estudiado su electorado de mayo y ha concluido que tanto el rango de edad como el de ubicación ideológica es mucho más variado que el de los promotores más visibles del proyecto. Ni todos sus votantes tenían menos de treinta años ni todos sintonizaban con la izquierda anticapitalista. No fue la promesa de auditar la deuda pública lo que le dio un millón doscientos cincuenta mil votos, sino el hecho de ser nuevos y tener un discurso espejo en el que se han visto reflejados ciudadanos de procedencias diversas pero esencialmente defraudados por los partidos que han gobernado.

Siendo así, no es tanto que los dirigentes de Podemos quieran ahora camuflar, o diluir, sus señas de identidad ideológicas (que también) como que la base social que alimenta Podemos tiene unas señas ideológicas ya diluidas en la mezcla. Cada vez menos extrema izquierda y más, a la italiana, movimiento Cinco Estrellas. Dicen con orgullo que los ricos y los banqueros les temen -y les teman o no, no van a dejar de decirlo- pero detestarían ser temidos por la mayoría social cuyo voto reclaman para gobernar ellos. Ése es el miedo que han de sofocar. Son los votantes, tan diversos, ¿verdad?, en sus circunstancias sociales, laborales, económicas, los que no han de temer la llegada de los nuevos.

La novedad sigue siendo su principal activo. Y, como advierten los dirigentes de PP y PSOE, el hecho de no haberse vistos salpicados por la corrupción. Esto que esos mismos dirigentes han escuchado en boca de antiguos simpatizantes suyos: que “estos, los de Podemos, por lo menos, no han robado”. Son estos dirigentes, de PP y PSOE, los que insisten en dejar claro que ellos, los que nunca disfrutaron de tarjeta, tampoco roban.

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Carlos Alsina
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