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EL MONÓLOGO DE ALSINA

Lo que habría dado Artur Mas porque fueran suyos los líderes comuneros

  • Carlos Alsina | @carlos__alsina |
  • Madrid |
  •  | Actualizado el 23/04/2014 a las 21:48 horas

Les voy a decir una cosa.

Ay, si en lugar de Maldonado se hubiera llamado Maldonat. Si Padilla hubiera sido Joan en lugar de Juan. Si Bravo hubiera nacido en Moyá en lugar de venir al mundo en Atienza.

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El monólogo de Alsina: Lo que habría dado Artur Mas porque fueran suyos los líderes comuneros
Artur Mas, presidente de la Generalitat Artur Mas, presidente de la Generalitat | Foto: EFE

Lo que habría dado Artur Mas porque fueran suyos los líderes comuneros. 1521. El sangriento desenlace del levantamiento castellano contra el rey Carlos, hijo de Juana. Porque hoy es el día de Sant Jordi, es verdad,  el libro y la rosa. Es el día es San Jorge para los aragoneses. El día del Cervantes que convierte Alcalá en la capital de las letras españolas. Pero es también el día de Castilla y León, de Villalar y la ofrenda floral a los mártires de la revuelta comunera esta cosa tan nuestra, tan española, y por tanto castellana y por tanto catalana, de sacarle más partido, en la conmemoración histórica de cada año, a las derrotas que a las victorias.

Doscientos años antes del sitio de Barcelona, 1714, las tropas de la corona sofocaron la resistencia de las comunidades a la política del nuevo monarca, este Carlos que ni había nacido en España ni tenía el español como primer idioma y que se había personado en Castilla, muerto el padre, muerto el abuelo y viviendo aún la madre reina, a gobernar (léase recaudar) en una tierra que no lo sentía como propio. Para algunos historiadores, ésta fue la primera gran revolución burguesa, una revuelta, diríamos hoy, de las clases medias, “transversal”, dirían los finos, porque había entre los promotores algún noble y algún obispo. Para otros fue sólo un movimiento contra los impuestos, dos siglos y medio antes de que  la ley del timbre, los nuevos impuestos, desencadenara en Estados Unidos la revuelta que desembocó en la independencia de las colonias británicas.

Si Artur Mas agarra la guerra comunera, la convierte en motor del soberanismo castellano. En lugar de un conseller en cap derrotado, Rafael Casanova, que en efecto lo pasó mal pero que, después de todo, acabó amnistiado por el Borbón y haciendo vida normal en la Barcelona felipista, Villalar aporta tres líderes rebeldes decapitados brutalmente a lo Juego de Tronos. Padilla, Bravo y Maldonado. Su sangre regando la tierra alzada en armas por el derecho a decidir dónde se invierte el dinero de los impuestos. “Pedimos al rey -dijeron los castellanos- que se hagan arcas de tesoro en las comunidades para guardar en ellas las rentas de estos reinos y acrecentarlos, porque no es razonable que las rentas de aquí las gaste el rey en los otros territorios por mucho que sea señor también de ellos”. Ahí lo tienes, la demanda de soberanía financiera, de agencia tributaria propia: sin esperar a la publicación de la balanza fiscal ya recelaban los comuneros que el dinero recaudado en Castilla sirviera para comprar ordenadores a todos los alumnos de las escuelas de otros reinos.

La sociedad civil reclamando sus derechos históricos frente al rey nuevo, Padilla y Bravo tratando de seducir a Juana, antes la reina loca que el cabal monarca rodeado de flamencos. Ay, lo que habría hecho Mas si hubieran sido suyos los comuneros. De siempre hubo un debate académico -y político- fascinante sobre la lectura correcta que debía hacerse de la revuelta castellana cuyo fracaso hoy se conmemora. El debate sobre si eran los comuneros quienes encarnaban la libertad y el progreso -los derechos civiles frente al poder personalista del monarca- o era justo al revés, si era Carlos V quien representaba el estado moderno frente a unos líderes castellanos aferrados a la tradición y a la resistencia al cambio.

Manuel Azaña, en el 32, cuando se debatió en Cortes el Estatuto catalán, refutó la idea de que Castilla hubiera confiscado las libertades o los derechos de las demás regiones españolas. Bien al contrario, dijo, “fueron las ciudades castellanas del siglo XVI quienes elevaron al rey sus aspiraciones territoriales plasmando por vez primera el concepto de libertades del estado moderno que los estatutos de autonomía vienen ahora a realizar”.

Ejercicio de memoria histórica el que hizo el presidente del gobierno en el Congreso, en aquel tiempo en que Francesc Maciá, líder de la Esquerra Republicana, hacía el mismo discurso que hoy hace Mas -el derecho a decidir el destino propio, la voluntad popular que no puede escamotearse, el encaje de Cataluña en España- pero para concluir que era un estatuto de autonomía lo que colmaba todas esas reivindicaciones, sellaba el pacto con las demás regiones españolas hermanas y cerraba el periodo histórico abierto, a ojos de los catalanistas, en septiembre de 1714 con el triunfo borbónico en Barcelona.

Como decía La Vanguardia en la víspera de la diada del 32, recién aprobado el nuevo estatuto, “cuatro siglos de política centralista, iniciados por Carlos V y seguidos por Austrias y por Borbones, han sido liquidados para siempre. Ya es pura historia –decía-, porque estamos en la aurora de una España nueva que reconoce la autonomía de sus regiones y da satisfacción a las demandas catalanas”. La autonomía era la meta felizmente alcanzada que venía a pacificar para siempre la relación de Cataluña con el resto de España. Ni Esquerra era entonces independentista ni lo había sido, doscientos años antes, el descabalgado Casanova.

En este día del libro, en que Artur Mas ha predicado su versión interesada de la historia al Círculo de Corresponsales Extranjeros en España, persuadiéndoles de que cuenta con la vía mágica que le permitirá convocar la consulta a salvo de la impugnación del gobierno central, en este día de lectura y rememoración de episodios históricos, en este día, en fin, de Premio Cervantes, reparemos en el valor de cada palabra y cada letra. La diferencia que una sola letra introduce entre dos palabras que suenan parecidas. La mitificación y la mistificación. Mitifica quien atribuye estima extraordinaria a un acontecimiento sucedido (hace trescientos años en Barcelona, hace quinientos en Villalar). Mistifica -sólo una letra de distancia- quien embauca, quien falsifica, quien engaña.

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Carlos Alsina
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