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EL MONÓLOGO DE ALSINA

El tiempo no hay quien lo pare

  • Carlos Alsina | @carlos__alsina |
  • Madrid |
  •  | Actualizado el 01/11/2013 a las 21:46 horas

Les voy a decir una cosa.

Penúltimo mes del año 2013. El tiempo no hay quien lo pare. Aún estamos recogiendo las velas, los disfraces y las calabazas de anoche (ciao, Halloween) y ya empieza el festival de las luces navideñas, en los comercios y en las calles de las primeras ciudades cuyos ayuntamientos madrugan para instalar los adornos con tiempo y ahorrarse así las horas extra de los instaladores.

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El monólogo de Alsina: El tiempo no hay quien lo pare
Irene y su amiga vestidas como calaveras mexicanas Irene y su amiga vestidas como calaveras mexicanas | Foto: @iire15 (Twitter)

Ya está en Pedraza Pablo Berger, el cineasta, grabando el spot de la Lotería de Navidad de esteaño, en el que dicen que salen Raphael y Montserrat Caballé dejándose acompañar por el instrumento musical más navideño que ha dado a luz España, que no es zambomba, sino el bombo. El bombo de los premios del que Hacienda se queda la quinta parte. Igual en el spot, junto a nuestros artistas míticos, debería aparecer un inspector de Hacienda, recordándonos que la quinta parte del bombo de los premios se la queda la Agencia.

Cuando el niño de San Ildefonso cante la bola de los cuatro millones de euros a la serie, mire su décimo y acuérdese de que eso son cuatrocientos mil euros, 320 para usted y 20.000 para Montoro. Dices: así también acabo yo con el déficit público. No, no se engañe, ya no se tratade acabar con el déficit público, sólo de mantenerlo un poco por debajo del seis por ciento, 58.000 millones de euros de desfase entre gastos e ingresos. El paso del tiempo no hay quien lo pare.

Dentro de veinte días estará celebrando Rajoy el segundo aniversario de su arrolladora victoria en las urnas, 20 de noviembre de 2011, aquella noche que iba a traer consigo la recuperación inmediata de la confianza de los inversores en España. Luego se vio que no era tan automático el restablecimiento de la confianza y que, sin llegar a recuperar ésta, lo que empezó a perder el gobierno recién llegado fue la confianza de los votantes, descolocados por el cambio de doctrina que improvisaron los ministros para subir impuestos y pedir un rescate bancario mientras seguía subiendo, a la vez, la prima de riesgo.

Han tenido que pasar dos años para que empiece a percibirse algo parecido a un cambio de percepción sobre nuestra situación y nuestro futuro inmediato. No es un misterio que el gobierno atribuirá a su política todo lo bueno que pueda ir sucediendo, con la misma convicción con que atribuyó a la coyuntura exterior (es decir, desvinculándolo de su política) todo lo malo que nos pasó en estos dos años.

En eso también abrió camino Zapatero: si repuntaba el empleo era fruto de sus medidas de estímulo pero si lo que repuntaba era la prima de riesgo, entonces era culpa de los especuladores y la prensa anglosajona. Ahora que hemos dejado atrás la crisis del euro --”haré todo lo necesario y será suficiente”, dijo Draghi--- y ahora que hemos conseguido cerrar un trimestre con una décima de PIB en positivo, desaparece del discurso político la coyuntura exterior (el efecto Grecia, el efecto Berlusconi, la crisis internacional que era la causa de todo) y se pone el foco en lo atractivos que resultamos, como país, para los inversores extranjeros.

Cuando nos compran los bonos a diez años al 4 % de interés, son inversores con criterio que confían en España y en la forma que tenemos de hacer las cosas; cuando estos mismos nos compraban los bonos, pero exprimiéndonos casi un seis por ciento, entonces no se llamaban inversores, sino usureros, y no confiaban en España, no, nos sacaban los higadillos con el visto bueno de Alemania, el cuarto Reich financiero.

En cuanto cambia la dirección del viento, cambia el lenguaje y cambian los argumentos. Draghi era un gobernador nefasto que nos tenía asfixiados cuando se resistía a apuntalar nuestra deuda pública y Draghi es ahora un genio que nos bajará de nuevo los tipos de interés para agitar la economía y espabilar un poco la inflación, que se nos desinfla demasiado. El dinero está entrando en España por todas partes, Botín dixit.

A la bolsa y al accionariado de algunas compañías, se entiende. En esa corralaque, al final, son los mercados internacionales, el tema de moda en radiopatio es las sección de oportunidades, o sea, España. Peor que ser una ganga es no resultar un producto interesante para nadie. El nombre de Bill Gates (al que el gobierno de Rajoy está intentando convertir en avalista de su propia ejecutoria, santo súbito) funciona como multiplicador del interés por las compañías españolas. ¿Por todas? No, claro. Por todas no.

Pero a los chinos parece que les seducela idea de entrar en Gas Natural (los chinos son Sinopec, petrolera controlada, como todo allí, por el régimen, y en conversaciones con Repsol), se habla del interés de fondos soberanos por entrar en otras compañías españolas del sector de la energía, y ayer, como prueba de que en otros sectores también se está moviendo algo, se anunció la venta de una enlatadora murciana a una empresa norteamericana y de la consultora Everis a una compañía japonesa. Nos compran la deuda pública y se interesan por empresas españolas.

Visto así, nos sube a todos la moral. Aunque, al final, una inversión consiste en lo que consiste: viene una empresa de fuera que busca negocios prometedores y se compra una empresa de aquí porque el precio le parece adecuado a ella, que compra, y al propietario de aquí, que vende. Se pacta un precio, se paga y la compañía cambia de manos. De ahí que haya división de opiniones sobre si operaciones como éstas son una magnífica noticia para España ---somos interesantes--- o sólo para los accionistas de esas empresas y para sus trabajadores, en la medida en que la nueva propiedad traiga consigo más músculo financiero y planes de crecimiento.

A veces con la venta de una empresa española nos pasa como con los oscar, que se lo dan a Javier Bardem y parece que nos lo hubieran dado a todos los españoles, oiga, no es eso. Y se da la paradoja de que ahora que cumplimos cinco años de crisis aguda y de pasarlas, como país, canutas, celebramos como espléndida noticia que venga alguien de fuera a adquirir una compañía española, mientras que antes, en los años previos a la crisis, lo que celebrábamos era lo contrario, que empresas de aquí compraran fuera.

La prueba de la solidez económica era que el BBVA o el Santander, compraran bancos británicos o brasileños, que un grupo de comunicación español adquiriera periódicos y televisiones en Iberoamérica. Y lo que levantaba todo tipo de recelos y polémicas era que los rusos de Lukoil quisieran quedarse con Lukoil o que Endesa acabara siendo italiana. Esto, en realidad, no ha cambiado. Si una empresa enlatadora de Murcia queda bajo control de un grupo norteamericano no hay controversia alguna y lanoticia, al menos en esa empresa, se celebra.

Pero si son compañías más grandes y del sector de la energía, cuidado que ahí que vengan a comprarlas no entusiasma ya tanto. Miren lo que ha pasado en Italia con una de nuestras grandes, Telefónica, que ha ampliado su participación en Telecom Italia hasta controlar la compañía y ha tenido que irse Alierta a despachar con el primer ministro Enrico Letta para asegurarle que la empresa seguirá siendo italiana, pagando impuestos en Italia y manteniendo su plantilla de italianos.

Porque allí la noticia de que una firma española adquiría una de sus empresas más potentes ha sido objeto de gran debate mediático y político y ha alimentado el discurso populista de Beppe Grillo: “un desastre”, dice éste, “otro trozo que pierde Italia, nuestras comunicacionespasan a ser españolas”.

El discurso proteccionista y euroescéptico conel que este movimiento, Cinco Estrellas, aspira a ganar en Italia las próximas elecciones europeas. Puede surgir de estas elecciones, como hoy decía Letta, el parlamento menos europeísta, o más antieuropeo, de la historia. O lanzamos una gran batallla por el europeismo --sostiene-- o en mayo nos podemos llevaruna sorpresa. Todo será que la Unión haya logrado sobrevivido a la crisis del euro y sucumba, en modo harakiri, a su propio y nuevo Parlamento.

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