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EL MONÓLOGO DE ALSINA

El tifón, la naturaleza que aún no hemos conseguido dominar y la tragedia

  • Carlos Alsina | @carlos__alsina |
  • Madrid |
  •  | Actualizado el 11/11/2013 a las 22:03 horas

Les voy a decir una cosa.

En Mérida aún no se creen lo que les ha pasado. Apenas ha quedado nada en pie. Irreconocibles las casas. Sabían que iba a empujar fuerte, pero no tanto como para llevarse por delante el mercado, el colegio, los pozos, los barcos.

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El monólogo de Alsina: El tifón, la naturaleza que aún no hemos conseguido dominar y la tragedia
Las calles destrozadas al paso del tifón Las calles destrozadas al paso del tifón | Foto: gettyimages

Mérida pide ayuda. Como la pide Villaba, como la pide Tolosa, o Albuera, arrasadas todas por este tifón que aquí llamamos Haiyan y allí, en Filipinas, llaman Yolanda. Hay una Mérida filipina, y una Villaba, y una Tolosa. Las tres en esta isla que el sábado asistió al fin del mundo. La isla de Leyte, a la que corresponden casi todas las imágenes que hemos ido viendo ayer y hoy, cuando ha empezado a descubrirse hasta dónde alcanza el daño que el tifón ha causado a su paso. Las dos ciudades más habitadas de esta isla, las dos a las que se puede llegar en avión y que han sido las primeras en lanzar su petición de ayuda al mundo, son Tacloban y Ormoc, pero hay otra larga relación de pequeñas ciudades -algunas con nombre español- y de núcleos minúsculos a donde aún no han llegado los equipos de rescate y donde el principal problema es el agua. El agua que les inundó y el agua que no tienen para beber, el agua potable.

Cebú, la segunda capital del país (primer asentamiento europeo que hubo en Filipinas por obra y gracia de un almirante español de apellido Legazpi), se convierte desde hoy en destino de los vuelos de ayuda que han ido partiendo de aeropuertos de todo el mundo para hacer llegar a los supervivientes del tifón los productos de primera necesidad que -como tantas otras cosas- han desaparecido. El maldito tifón que ha batido récords de velocidad y de potencia desatada a su paso.

Mucho antes de que el hombre aprendiera a fabricar bombas de alta capacidad destructiva, la naturaleza ya sabía hacerlo, fenómenos de tal intensidad que hacen volar construcciones, inundan la tierra y provocan corrientes que arrastran, y ahogan, a miles de personas. Las crónicas describen a los supervivientes -sus vidas, reseteadas- vagando por calles que ya no son calles, como zombies, dicen los testigos, buscando comida, asaltando tiendas que ya no son tiendas, sorteando en su camino todo aquello que, a la deriva, flota: troncos, tejados, trozos de chapa, barcas, cadáveres.

De pronto, la vida que regresa a una etapa anterior a la modernidad, donde no hay teléfonos móviles, ni conexiones a internet, pero tampoco hay electricidad, no hay agua corriente, no hay modo de desplazarse de unos sitios a otros, no es posible saber qué ha sido de tus familiares más próximos. Lo que viene ahora es la búsqueda, las listas de desparecidos, los hospitales desbordados y las morgues colmadas de difuntos.

Lo que viene ahora es el relato que harán, grabado para siempre en su memoria, quienes vieron alejarse, arrastrados por el agua, a vecinos, a hermanos, que no lograron aferrarse a algo anclado; personas que vieron ahogarse a otras personas, aquellas a las que no pudieron salvar, supervivientes que el resto de sus vidas se estarán preguntando por qué tantos murieron y ellos se salvaron. Historias como la de esta niña a la que hoy vimos en la televisión rogándole a su madre que aparezca, que acuda a buscarla, que le devuelva la seguridad que, en su ausencia, ha perdido. Si la madre aparece, contaremos un “milagro”; si una madre no aparece cuando su niña está suplicándoselo, es que está muerta.

El tifón, la naturaleza que aún no hemos conseguido dominar (no en todo) y la tragedia. La inmensa tragedia al lado de la cual todo lo demás parece irrelevante. Lo parece, tal vez no lo sea. El tifón que ha desplazado de las primeras páginas la victoria de un superviviente político, de nombre Rubalcaba, en el ecuador de la legislatura y cuando muchos en su partido deseaban verle ya retirado. No es que el secretario general tenga hoy más apoyos internos que antes, es sólo que a menudo demuestra ser más listo que los otros aspirantes.

Gana, de momento, Rubalcaba en la medida en que supera otra meta volante sin que le hayan arrancado a mordiscos el maillot (no de líder, sino de encargado). Sigue al frente con permiso de la señora, que ya no es Chacón -nunca lo fue- sino Susana. La convención dio para menos del que pretenden en el PSOE y para algo más que lo que pretenden en los demás partidos. La inyección de moral entre los delegados socialistas –-puede que también entre la militancia— parece poco discutible, y necesitada estaba.  Cierto, cierto, esto de decir “hemos vuelto” suena a dejación de funciones continuada. Y es cierto que Rubalcaba ha tenido que repudiarse a sí mismo para regresar sin haberse ido. El pasado le acompañará haga lo que haga, de modo que cuanto más crudo, sea el repudio de su reciente historia, menos munición tendrán quienes se esfuerzan en recordárselo.

Decir que el PSOE sale de la convención más rojo de lo que entró es más un simulacro de marketing de la dirección (o un ejercicio de daltonismo práctico) que una conclusión solvente de cuanto allí se ha planteado. El PSOE vuelve a prometer que anulará el concordato (esto ya lo había dicho), vuelve a reclamar la prohibición de los símbolos religiosos en las tomas de posesión (esto venía en el programa de 2011) y vuelve con su exigencia de que paguen más impuestos los que más tienen (¿o era los que más ganan?).

Como novedad aporta que los directivos de las empresas no puedan cobrar más de doce veces lo que cobre el trabajador menos remunerado. Lo interesante de esta propuesta es cómo está enunciada. Cabe pensar que un partido de izquierdas lo enunciara al revés: que el trabajador no pueda cobrar doce veces menos, que deba cobrar, como mínimo, la doceava parte del salario que recibe un directivo, es decir, que no se planteara como un techo a los ingresos de quien está arriba, sino como un suelo a los de quien está abajo.

El asalariado a lo que aspira es a mejorar su sueldo todo lo que pueda, no a que su jefe cobre menos (bueno, a esto a lo mejor también aspira, pero porque el jefe cae mal, no porque eso le vaya a permitir a él comprar ternera en lugar de pollo). Sobre todo si, a renglón seguido, promete el PSOE subir impuestos a los que ganan más: si tu objetivo es recaudar más, cuanta más gente haya ganando mucho mejor para el Estado y para el Estado del Bienestar: si vas a exprimir a los ricos, intenta que haya muchos para mejorar tu caja.

Sobre el salario mínimo, sin embargo, no parece que haya propuestas nuevas.

El PSOE proclama su alma republicana, pero llama a mantener la monarquía. Proclama su alma federal, pero sin derecho a decidir, salvo en Cataluña, donde  sí lo reclama el PSC.

Y defiende que se cierre de una vez la puerta giratoria ésta que emplean los dirigentes para pasar de la política a la gran empresa. Pobre Felipe. Esto lo han puesto para tocarle las narices a él, retroactivamente.

Y sí, ¡serán los ciudadanos los que elijan al candidato a la presidencia en primarias abiertas! En esto, hay poca duda, va el PSOE muy por delante del PP, que sigue pensando que dejar votar a los militantes es una concesión incompatible con la cultura de ese partido, en lugar de un derecho implícito en una asociación de personas que presume de democrática. Oe, oe, oe, primarias abiertas, proclaman, con legítima satisfacción, en el PSOE. Aunque a la vez que ensalzan las primarias abiertas defienden las barreras que ya existen a la participación ciudadana. Dicen “no” a las listas abiertas (vaya) y sí a la disciplina de voto en los parlamentos (vaya, vaya). No nos pasemos, ¿verdad?, con el estímulo a la libertad de criterio. El que salga elegido, que sepa que ha de votar lo que decida el que manda. Y las listas tendrán cremallera, sí, pero para dejarlas cerradas y bien cerradas. En eso el PSOE sigue siendo tan rojo, o tan poco rojo, como ya era.

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Carlos Alsina
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