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EL MONÓLOGO DE ALSINA

“¿Vamos al cine, Pablo?” Ya veremos. Primero tenemos que estudiarlo

  • Carlos Alsina | @carlos__alsina |
  • Madrid |
  •  | Actualizado el 17/11/2014 a las 23:06 horas

Les voy a decir una cosa.

A lunes y la querella sin presentar. Tic tac, tic tac. El fiscal general quiere, los fiscales catalanes no. El gobierno se incomoda en público y el fiscal general, Torres Dulce, entre el revés de los subordinados y la actitud de un gobierno que lo trata a él como si lo fuera, empieza a estar en una situación imposible.

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El monólogo de Alsina: "¿Vamos al cine, Pablo?" Ya veremos. Primero tenemos que estudiarlo
Pablo Iglesias con Ana Pastor en El Objetivo Pablo Iglesias con Ana Pastor en El Objetivo | Foto: laSexta.com

Atención a este serial de la no querella en la semana entrante porque podemos asistir a capítulos sonados. Podemos.

El chiste dice que le preguntan a Pablo Iglesias qué va a hacer esta noche -Pablo, ¿vas a ir al cine?- y él responde que hay que estudiarlo, “voy a hablar primero con todo el mundo, convocaré después a los mejores expertos y, en función de lo que recomienden, veré qué es lo más correcto”. Como para preguntarle por la película.

Se hacen bromas, ya, sobre las no-respuestas que el secretario general de Podemos le dio a Ana Pastor anoche en La Sexta. Los balones a la grada, los rodeos, las frases que se dicen después de formulada la pregunta pero que no son necesariamente una respuesta.

Enhorabuena porque esto confirma que Iglesias ha llegado. Ya forma parte del elenco de los dirigentes políticos más seguidos, y diariamente examinados, por los ciudadanos de nuestro país y ya se le aplican las mismas reglas que a los políticos que ya había: una de ellas es que las entrevistas se analizan con lupa para ver qué dice el dirigente y qué no dice. “Me está usted haciendo lo de la casta”, le dijo la periodista anoche al entrevistado: no responder claramente a las preguntas o colocarme asuntos por los que yo no le he preguntado.

Pablo Iglesias no concreta”, repiten hoy los más críticos. Hombre, a algunas preguntas sí contestó de forma bien concreta.

· “Si llega a presidente y no cumple el programa, ¿dimitirá?” “Convocaré un referéndum revocativo para que puedan quitarme aunque yo no quiera”.

· De este nuevo partido ¿se expulsa a quien sea imputado o esperan al procesamiento? “Con imputación basta”, fue su respuesta. Pasando por alto que, en este punto, PP y PSOE han ido ya más allá, o más acá, que Podemos porque te echan del partido sólo con que hayas sido detenido. Para no arriesgarse.

Dicen, en fin, que no concreta. Ciertamente. Y qué necesidad tiene de concretar. Qué necesidad y qué utilidad, para un partido recién nacido que aspira a que lo voten personas de cualquier ideología, andar concretando un programa. Primero, porque es sabido que uno puede concurrir a las elecciones diciendo “estas serán las medidas que tome y éstas, por el contrario, son mis líneas rojas” y todo el mundo sabe -experiencia sobrada tenemos- que después irá haciendo lo que vea, lo que pueda, lo que las circunstancias le permitan o lo que a él mismo le convenga.

Segundo, porque su movimiento no ha echado raíces en un terreno abonado de análisis minuciosos de las posibilidades reales de cumplir con esta o aquella medida, sino en el terreno de la decepción, la insatisfacción y el recelo hacia las formaciones políticas que ya existían, lo que ya ha sido probado, lo ya conocido. Aunque el partido se llame Podemos, cabe pensar que para un alto porcentaje de quienes declaran, en las encuestas, su intención de votarle el nombre podría ser Probemos.

Iglesias y su nueva ejecutiva, guardia de corps del líder, cultiva con inteligencia uno de los motores de la voluntad humana más poderoso: la expectativa. La posibilidad de conseguir algo alienta la voluntad de probar, de intentarlo. Si hay una nueva marca de yogur y no estabas muy contento con los que ya has probado, qué pierdes por probar algo nuevo. Ésta es la idea, de márketing político, si se quiere llamar así, pero que no es ciencia política sino pura antropología. La expectativa nos mantiene interesados. Y la expectativa de que lo nuevo sea mejor que lo conocido atempera la inquietud que puedan producir las inconsistencias en el folleto promocional que se nos presenta.

Iglesias describe un país futuro en el que habrá empleo para todos, más poder adquisitivo, mayor salario mínimo, un colchón llamado renta básica para que nadie pase penurias, dación en pago para quien no pueda pagar la hipoteca, contratos laborales estables y bien remunerados, honradez sin mácula en la gestión de lo público y soberanía para no depender de nadie a la hora de tomar nuestras decisiones aquí, en España.

Un pack completo de ventajas sin contraindicaciones ni efectos secundarios, “todo positivo- nada negativo”, salvo para los ricos que son, paradójicamente, la piedra angular del proyecto Probemos: todo será posible si apretamos a los ricos y conseguimos que empiecen ya a pagar impuestos. Qué dirigente político en su sano juicio, e Iglesias lo es, se animaría a hacer números para demostrar que gravando más las fortunas de los ricos y erradicando el fraude obtendría el Estado recursos suficientes para que en los bares de España se disparara el consumo de cafés, indicador de actividad económica mucho más accesible que el intertrimestral del PIB y que, por ello, elige Iglesias para sus intervenciones públicas: con más salario para todos los trabajadores, más ayuda para quien no tenga trabajo y más empleo generado por la inversión pública, los bares se hartarán de poner cafés gracias a que hemos subido los impuestos a los ricos. Qué interés va a tener un dirigente político en probar que la simulación (el escenario proyectado, digamos) es matemáticamente solvente. Si aquellos dirigentes que ya alcanzaron antes el poder tampoco se molestaron en probar científicamente sus simulaciones.

Los demás partidos, que conocen la táctica porque ellos mismos la han practicado a menudo, saben que neutralizar la fuerza de una expectativa es una tarea ardua porque consiste en sembrar otras expectativas, pero amargas. Dicen: cómo que nada pierdes por probar, puedes perder las acciones que tienes en una eléctrica, si la nacionalizan; puedes perder los medios de comunicación privados que frecuentas, si los cerraran; puedes perder los servicios públicos si dejan de pagar la deuda pública y nos quedamos sin gente que nos preste; puedes perder la pensión y puedes perder el país si la Constitución se cambia por algo menos sólido.

Por unas razones o por otras, no hay programa electoral que no se vea matizado, corregido o, en el caso más extremo, abandonado una vez que el partido que lo presentó gobierna. Unas veces porque ha de pactar con otras formaciones parlamentarias que le reclaman abandonar algunas de sus promesas y otras porque ya al hacerlas era sabedor, en realidad, de que las incumpliría. Qué necesidad tendrá Iglesias de concretar lo que hará caso de que gobierne si ni siquiera él sabe cómo estará Europa el día que ese día, si llega, llegue.

Qué necesidad va a tener Iglesias de concretar lo que hará si acaba de debutar en la carrera y “concretar” sólo podría espantarle voto, en lugar de atraerlo. Desde el punto de vista de la acción política -o más bien, electoral-, la táctica tiene todo el sentido del mundo y está lejos de ser nueva. Ya lo dijo anoche, con Ana Pastor, el secretario general de Podemos: “Cuando uno no tiene responsabilidades políticas dice lo que le apetece, cuando las tiene representa mucha cosas y hay que ser mucho más prudente”. Prudente significa, en este caso, callarse cosas. No concretar demasiado cuando la responsabilidad que uno mismo ha adquirido con quienes le han hecho secretario general del nuevo partido no es dar a luz un minucioso programa electoral, sino ganar las elecciones y alcanzar el poder.

“¿Vamos al cine esta noche?” Ya veremos. Primero tenemos que estudiarlo.

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Carlos Alsina
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