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EL MONÓLOGO DE ALSINA

No es verdad...

  • Carlos Alsina | @carlos__alsina |
  • Madrid |
  •  | Actualizado el 14/01/2014 a las 20:11 horas

Les voy a decir una cosa.

No es verdad, aunque estos días pueda parecerlo, que los medios de comunicación seamos más receptivos a una protesta en la que ardan casetas y lluevan piedras que a una resistencia cívica y sin llamas contra un bulevar indeseado. No es verdad que aspiremos a tener “primaveras” todos los días o que identifiquemos la“revolución” con la presencia de antidisturbios deteniendo gente.

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El monólogo de Alsina: No es verdad...
El presidente francés François Hollande comparece en una rueda de prensa en París El presidente francés François Hollande comparece en una rueda de prensa en París | Foto: EFE

No es verdad, aunque estos días pueda parecerlo, que nos conmueva más el llanto de un futbolista que recibe el balón de oro que el de cualquier otra persona a la que podamos ver llorando. Ni que demos más importancia a los méritos de un actor galardonado con el globo de oro que a los méritos de los últimos quince premios Nobel de Medicina.

No es verdad, sobre todo no es verdad, aunque estos días pueda parecerlo, que a los medios nos exciten, informativamente, más los movimientos de bragueta de un presidente picaflor que sus aportaciones a la política europea o sus intervenciones militares en países pobres y violentos de África. Es sobradamente conocido que, en España, distinguimos con precisión de cirujano la vida pública, o profesional, del dirigente de turno de esto que damos en llamar “su vida privada”, que es nuestra forma elegante de decir “con quién se va a la cama”. Las relaciones sentimentales que mantengan los cargos públicos con otras personas nunca han sido de interés, aquí, ni siquiera para el “Hola”. La prensa llamada “seria” no se ocupa ni de infidelidades ni de cotilleos, dónde iríamos a parar, no vaya a parecer que le damos categoría de acontecimiento a los chismes de alcoba.

Cuando aquello de la becaria Lewsinky recurrimos a la coartada del impeachment y el debate público sobre la mentira en boca de un presidente norteamericano. No era el morbo y el chisme lo que nos animaba, sino el análisis sesudo sobre la obligación de decir la verdad y lo raro que queda pretender que el sexo oral no es sexo. El argumento, claro, coló lo justo porque era puro disimulo: la historia duró y duró y duró en la prensa porque tenía morbo que Bill hubiera engañado a Hillary en su propia casa y porque la becaria guardaba un vestido con los restos del semen presidencial a modo de reliquia poluta e insepulta. Sexo y cuernos, una combinación imbatible para que historias propias del Sálvame se cuelen en los telediarios.

A falta de ropa sucia en el baúl francés de Julie Gayet, actriz muy conocida (ahora), siempre podrá invocarse el riesgo para la seguridad del jefe del Estado como coartada para llevar a primera página las aventuras íntimas del presidente de la Quinta República. Cómo es posible que visitara con regularidad un apartamento con ventanas a la calle contra el que podría haber disparado, por ejemplo, un francotirador -tal como los reporteros gráficos intentaron disparar sus cámaras-. Siempre podrá camuflarse la telenovela del presidente picaflor como un sesudo debate sobre los fallos de seguridad o incluso como una investigación sobre los peliculeros vínculos del apartamento en cuestión ¡con la mafia corsa! Acabáramos, esto va a ser lo inquietante del asunto, que la dueña del piso que le prestaba el picadero a su amiga actriz estuvo casada con un tipo al que una vez acusaron de haber tenido relación con un mafioso. ¡De Córcega!

No es verdad que seamos más sensibles al dolor de una compañera sentimental desengañada a cuyo duelo hospitalizado acuden los reporteros en cascada, que a las doscientas almas que se han ahogado hoy mismo en Sudán, en el Sudán del Sur, el ferry sobrecargado de civiles huyendo del fuego y las matanzas, hombres, mujeres y niños, negros todos, y ahogados todos en el Nilo Blanco cuando trataban de cruzar para llegarse hasta una base de la ONU inundada de desplazados por miles y de la que apenas salen ya a patrullar los cascos azules porque bastante tienen con preservar la vida de los que allí se han refugiado. No es verdad que la guerra civil que ahoga de nuevo este país, más de trescientos mil desplazados y un riesgo cierto de conflicto étnico entre dinkas y nuers nos parezca aún poco relevante --ya hablaremos de ello si naufragan las conversaciones de paz y termina aquello como Ruanda, incluso podremos hacer alguna película de éxito--, es sólo que pudiendo preguntarle a François Hollande por sus visitas secretas a la actriz en el parlamento vinculado a la mafia corsa no vas a preguntarle si la ONU debería enviar a Sudán del Sur más cascos azules. Si tienes a Rajoy con Obama en la Casa Blanca, de qué les vas a preguntar, sino de Cataluña.

El presidente francés, Hollande -el del lío con una actriz- llevó la iniciativa en Mali, cuando Al Qaeda en el Magreb Islámico trató de ganar terreno en el Sahel, y lleva ahora la iniciativa en la misión internacional desplegada en el país vecino de Sudán del Sur, la República Centroafricana, soldados franceses patrullando por una capital casi vacía, Banghi, tras la huida de sus habitantes, cien mil de ellos refugiados en un campamento habilitado junto al aeropuerto y bajo protección también francesa. Es posible que la presencia militar en Mali y en Centroáfrica hayan sido, junto con la fallida apuesta por actuar en Siria, la decisión más relevante que ha tomado el dirigente socialista, cabeza visible del segundo país con más peso de Europa, en este último año. Año en el que la deuda pública francesa no ha alcanzado a recuperar la añorada triple A de las agencias de la calificación de riesgos y en el que la popularidad del presidente, arrastrada por la crisis económica y las expectativas defraudadas, ha seguido cayendo.

Pero cuando esta tarde compareció ante la prensa internacional para hacer balance de este último medio año era muy consciente de que lo importante cedería ante lo chismosamente interesante. Y, naturalmente, así ocurrió. Aunque en lugar de abrir fuego preguntándole directamente a Hollande si ha engañado a su pareja, el periodista escogió, también, una fórmula de camuflaje: “¿Sigue siendo Valerie Trierweiler la primera dama?” Para que parezca que la razón de preguntárselo es la dimensión pública del cambio de pareja, no la curiosidad por hurgar en su vida privada. No es verdad, aunque estos días pueda parecerlo, que a los medios estas cosas nos excitan.

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Carlos Alsina
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