Toca meter tijera
Toca meter tijera. Cualquier parecido entre el discurso económico que hacía el gobierno hace un año y el que hace ahora es pura coincidencia. Hace un año todo eran cantos elogiosos al gasto público y el incremento de la deuda (planes de estímulo se llamaban) porque urgía apuntalar la economía, generar empleo público aunque fuera temporal y aumentar las prestaciones para poder cubrir a los dos millones nuevos de parados. Ahora lo que toca es retirar los estímulos, subir impuestos, recortar el déficit y contener la deuda. Volver a aquello del equilibrio presupuestario y el saneamiento de las cuentas. Es verdad que han cambiado las circunstancias, y que en el resto del mundo el proceso ha sido más o menos el mismo: los gobiernos que hace un año pedían a Bruselas que hiciera la vista gorda ante los déficit públicos disparados y la intervención de los estados en todos los sectores económicos, ahora se fijan calendarios para ir quitándole a la economía las muletas y prometen impulsar activamente la competencia. Hay dos diferencias entre la mayoría de los países europeos y el nuestro: la primera, que ellos ya han empezado a crecer de nuevo (cierto es que empezaron a caer antes) y pueden ir quitándole, con menos riesgo que nosotros, los ruedines que le pusieron a la bicicleta; la segunda, que no tienen tantas reformas pendientes como tenemos (y teníamos ya antes de entrar en recesión) nosotros.
Nuestro gobierno es muy dado a ponerse siempre en los discursos extremos: cuando entendió que tocaba meter un manguerazo de dinero público hizo tal alegato en favor del déficit y la deuda que había que armarse de valor para señalar los efectos negativos (que los tenía) aquel empeño porque se te echaban los ministros a la yugular por hereje y negativista. Ahora que lo que toca es meter la tijera al gasto público (cincuenta mil millones de euros aprobará el próximo consejo de ministros), acotar el déficit y sacar dinero de debajo de las piedras para ir pagando la deuda, se convierte el mismo gobierno en el mayor defensor de las sanciones a los países que no cumplan y en el principal promotor de las mismas reformas que hace un año le parecían innombrables. El gobierno tiene derecho, y hace bien, en adaptar sus políticas a las circunstancias de cada momento (unas veces acertará y otras meterá el cazo), pero el discurso público que practica, de verdades absolutas y de satanización de quien discrepa, esta tendencia que tiene a creer que es él quien decide cuándo se abren los debates y cuándo se cierran, le aboca a paradojas como ésta de ver al mismo equipo gubernamental que hace un año negaba que el endeudamiento fuera un problema, urgir ahora a recortar el gasto, meter presión a las comunidades autónomas para que arrimen el hombro y persuadir al respetable de lo necesario que es modificar nuestro mercado laboral y retrasar la edad de jubilación porque el sistema de pensiones que tenemos no aguanta.
Si en lugar de ejercitar tanto el eslógan, de irritarse cuando se pone en duda su acierto, de repetir a todas horas eso de que “el gobierno sabe lo que hace” asumirá una posición más humilde, tal vez le costara menos ir modificando su criterio sin que el carácter voluble de su discurso cantara tan a menudo la traviata. Nuestro gobierno se ha ido al Foro de Davos (que es esta reunión de economistas, presuntos gurúes y dirigentes políticos de medio mundo) a decir algo así como “qué pasa”. A defender la solidez de la economía española frente a tanto analista internacional que ha asumido como deporte atizar a España y ponernos como ejemplo de economía poco fiable. La moda es señalar a España y decir: ”estos van a quebrar, como los griegos”. Si se limitaran a decir “la política del gobierno español es errónea” podría preocuparse, como mucho, el gobierno, pero lo que dicen es “el conjunto de la economía española es un riesgo para Europa, un lastre que va camino de la insolvencia”. Y eso ya no es un problema para el gobierno, sino para España, porque la bola de nieve va creciendo y los inversores extranjeros, si se fían de estos gurúes, nos tachan de su lista de países fiables y entonces sí que no salimos de ésta.
Los gurúes a veces aciertan y a veces se equivocan, pero sus diagnósticos, y sus profecías, guste o no guste, tienen predicamento. Por eso nos conviene a todos que el gobierno consiga, en Davos, parar la bola y darle la vuelta. Convencer a quienes están allí, y a quienes siguen lo que allí se dice desde importantes despachos de medio mundo, de que problemas tenemos muchos, pero recetas para solucionarlos también; de que sabemos que el desequilibrio presupuestario hay que irlo corrigiendo y que no habrá problemas para ir pagando religiosamente los intereses de la deuda. De eso se trata. Y en esa clave hay que medir la intervención que hoy ha tenido en ese foro el presidente del gobierno. Cuando el Ejecutivo que él preside emite ahora señales de que va a meterle seriamente la tijera al gasto, de que el manguerazo del año pasado no se puede mantener, de que toca explicar cómo se ataja el desempleo y cómo se sostienen las pensiones, no está haciendo un discurso para el público español (al que tiene acostumbrado a frases tan optimistas como vacuas), está hablando para los inversores extranjeros y para los otros gobiernos de la zona euro, que es a quienes tiene que convencer, no con palabras, sino con hechos, de que, en efecto, sabe lo que se hace. Por eso de repente al gobierno no le importa que se hable de la reforma en la contratación, o de la inviabilidad, si no se introducen cambios, de nuestro sistema de pensiones.
En su discurso de anoche, que luego analizaremos, un Barack Obama a la defensiva y consciente de haber pedido la magia, aparte de culpar a los partidos de que el cambio que prometió haya sido, hasta ahora, escaso, pronunció esta frase que igual es aplicable a nuestra vida política y las contradicciones patentes en que incurren sus máximos protagonistas. Dijo Obama: “Quienes ocupamos cargos públicos podemos optar por huir de las verdades incomodas. Podemos hacer lo necesario para salir bien parados en las encuestas y salvar la próxima elección en lugar de hacer lo más conveniente para la próxima generación de ciudadanos. Pero si nuestros antecesores hubieran hecho eso en momentos difíciles, nosotros no estaríamos aquí. No podemos estar siempre en campaña. Ese tipo de politiqueo es lo que ha hecho que los ciudadanos desconfíen de los partidos políticos”. No era un desayuno de oración, sino un discurso en el Congreso. Pero más de uno, al escuchar este párrafo, habrá murmurado “amén”.
Comentarios
Enviado por Carolin en enero 28, 2010 a las 09:51 PM CET #
Enviado por JOSE JOAQUIN en enero 28, 2010 a las 10:10 PM CET #
y me pregunto yo, ¿que remedio hay en esta democracia de teatrillo de polichinelas para que no estemos gobernados por gente a la que lo único que le interesa es no perder el sillon y la nomina? Tampoco es que un servidor se crea capaz de alumbrar semjante invento, pero eso si tiene, y en otros pises la tiene, en este me parece que no, y mo es que sea pesimista es que ya peino canas y conozco este pais. Tenemos que ser mas serios y quien primero debe dar ejemplo es quien "mas puede" y quien menos quiere. Como tu dices... Amen.


La gran dictadura amigos. Entre los puestos públicos que cazan un día y ya tienen comida para siempre, los prejubilados de la banca, eléctricas y las grandes multinacionales; ya no hace falta que envejezca la población, a trabajar hasta los 70 o sabe cuando. Solo unos pocos trabajan para una pandilla. La gran dictadura de unos muchos que ordeñan a unos pocos que se reventaran. Paz y amor... y para unos pocos consolador. Buenas noches