Llegan las rebajas al gobierno
Vehemencia pendular
Les voy a decir una cosa.
Mal hemos empezado.
Para un mercado en el que nuestra solvencia estaba fuera de dudas (el
fútbol) y nos la han clavado, los suizos, la primera en la frente.
Ahora también llega al césped lo del riesgo país. No es broma,
qué vamos a hacer si se nos tuerce el Mundial, si esto lo único bueno
que esperábamos todos que nos pasara en lo que queda de mes, o de
temporada. Y encima nos han lesionado a Iniesta. Todo lo que no debía pasar ha pasado. Como si fuera un pronóstico económico de esos que hace el gobierno, que nos convence a todos de que jamás de los jamases se abaratará el despido y al final llega y no es que lo abarate, es que en la práctica la mayoría de los despedidos se va a llevar veinte días por año trabajado, ni 33 ni 45. Qué ojo clínico han demostrado hoy nuestros líderes políticos, qué melancolía produce escuchar ahora los pronósticos que esta mañana, tan optimistas como todos, lanzaban.
Ni acertaron ellos, ni acertamos los periodistas ni acertaron, en sus quinielas, los aficionados. Infravaloramos a los suizos.
Otro examen que pasar
Les voy a decir una cosa.
El último teaser de Corbacho
En publicidad, a esto, se le llama teaser. Un teaser es un minianuncio, pero en el que aún no se sabe lo que anuncian. Salen, por ejemplo, unas imágenes, de lo que sea, y una voz que dice “el diez de junio se acaba todo”. Y un remate musical que te deja diciendo: “¿esto de qué va?” En España el primer teaser de éxito fue la cola aquélla del cupón, ¿se acuerdan? Que salían miles de personas en fila india, en una cola interminable que recorría calles enteras y cruzaba plazas, parques, plazas de toros. La voz en off, al final, decía: “Dentro de unos días, en este país, va a ocurrir algo que traerá cola”. La pantalla, entonces, se iba a negro y aparecían dos palabras: “Traerá cola”. Éste fue el primero. El último teaser es el de Corbacho, el ministro de Trabajo. Que hoy ha dicho: “En siete u ocho días, en este país, va a ocurrir una reforma”. Laboral, para más señas. Pantalla a negro: “Traerá cola”. Hombre, el teaser funcionaría sino fuera por dos cosas: la primera es que el gobierno abusa de esta fórmula para echar a rodar su mercancía publicitaria, o propagandística.
¿Qué desgasta más?
El presidente del gobierno ha convocado elecciones para el seis de mayo...en el Reino Unido, donde al presidente le llaman primer ministro y ocupa el cargo el escasamente carismático, y superviviente ya de varios naufragios Gordon Brown, el hombre que, contra pronóstico, llega a la antesala electoral habiendo aguantado como cabeza visible de los laboristas británicos y remontando en las encuestas hasta el punto de volver a tratar de tú a tú a la nueva esperanza blanca de los conservadores, este hombre de cuarenta y cuatro años que se llama David Cameron y que ha hecho suyo ya, como todo líder de oposición que aspira a desalojar al rival de la sede de gobierno, el viejo lema de “Por el cambio”. En mayo decidirán los británicos si cambian el signo político del gobierno (si regresan los conservadores después de diez años de Blair y tres de Brown) o renuevan la confianza a la muy centrada izquierda británica. Aquí, no, aquí no hay elecciones generales hasta dentro de dos años, con una meta volante la primavera de 2011, cuando elijamos parlamentos autonómicos y gobiernos municipales.
Ha llegado la hora de caerse del guindo
“En esta crisis”, dijo aquel señor calvo, victoriano, fumador de puros y vestido siempre con chaleco y pajarita, “en esta crisis se me perdonará la falta de ceremonia con que he actuado. Tenemos ante nosotros una prueba de la especie más dolorosa. Tenemos ante nosotros muchos meses de sufrimiento. No puedo ofrecer otra cosa que sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas. Me considero con derecho, en esta coyuntura, a reclamar la ayuda de todos y decir: ‘Vamos, avancemos juntos con nuestra fuerza unida”. 12 de mayo de 1940. Winston Churchill acababa de formar gobierno de concentración nacional y pronunció en la Cámara de los Comunes su célebre discurso de la sangre, el sudor y las lágrimas para ganar la guerra. Y el esfuerzo, que era la cuarta palabra que encadenó el primer ministro y que quedó apeada, sin embargo, de los libros de Historia. El discurso de las verdades incómodas. El jefe de gobierno que, en circunstancias adversas, le dice a sus ciudadanos todo aquello que a ningún gobierno le apetece decir. En el penúltimo párrafo de aquel discurso que lo consagró como uno de los mejores oradores que ha dado la política del último siglo, Churchill, pese a todo lo que acababa de decir, se declaró optimista. No antropológico, pero sí esperanzado. Convencido, vino a decir, de que, con el esfuerzo de todos, saldremos de esta.
Se abrió la tierra
Les voy a decir una cosa.
Se abrió la tierra y se tragó la carretera. Ella iba conduciendo camino de su casa y, de pronto, un ruido brutal, ensordecedor, el asfalto que se hunde y los coches que le preceden que, simplemente, desaparecen. Se abrió la tierra y se asomó el infierno. Ella lo ha podido contar, incrédula y horrorizada, intentado digerir aún la enormidad del desastre que se había producido ante sus ojos. Ella es una mujer haitiana, una de las supervivientes que ha podido narrar a la prensa cómo fue ese instante en el que cambió todo y que ahora busca entre los escombros algún indicio que le permita creer que su marido y sus hijos también han salido vivos, enteros y airosos. La tragedia de Haití, veinte horas después de que la tierra temblara (se sacudiera más que temblar) es la tragedia de los desparecidos. De familias enteras a las que nadie ha vuelto a ver y que, salvo milagro, estarán sepultadas bajo edificios desmoronados.
... ver entrada completaAquí nadie tiene prisa
Mañana va a ser peor. Aún viene más frío. Después del atracón de lluvia que nos hemos pegado estas navidades, ahora toca atracón de frío y, en media España, también de nieve. Despedimos el 2009 con la ola siberiana y arrancamos el 2010 con la ola polar, que, a diferencia de la otra, trae muchas más precipitaciones. Qué hartazgo de ver nevar y qué complicadito ha estado hoy (sigue estando hoy) circular por carretera. No estamos en la situación desesperada de los británicos, con nieve congelada en todas partes, los colegios cerrados, miles de personas sin electricidad y hasta dieciocho grados bajo cero, y tampoco parece que vayamos a alcanzar aquí los cuarenta bajo cero que ha anotado Noruega, pero oiga, este es un país sureño y mediterráneo y no estamos acostumbrados a estos zurriagazos gélidos que nos tienen a todos tiritando. Vaya día de perros. Y menudo regreso a la rutina laboral. Igual a usted le consuela pensar que mañana ya es, otra vez, viernes, pero si echa un vistazo al calendario comprobará que hasta marzo no pillamos ya una fiesta.
Sacar dinero de debajo de las piedras
“Espíritus de antaño, llevadme donde las monedas aparecen”. La plegaria es laica. Y en su versión original es en inglés. Inglés británico. Hasta esta mañana no era muy conocida, de hecho sólo la pronunciaba en voz baja un señor grueso de pelo cano que responde al nombre de Terry Herbet y que tiene fascinados a los británicos porque ha obrado el milagro que, desde que empezó la recesión, están tratando de hacer los gobiernos europeos, empezando por el suyo, el de Gordon Brown. El milagro se llama sacar dinero de debajo de las piedras. El ciudadano en cuestión se compró hace dieciocho años un detector de metales y desde entonces es más feliz dándole a este aparatito que Rajoy comentando la Vuelta Ciclista a España. Su perseverancia ha tenido premio (la de Terry Herbet, no la de Rajoy) porque ha encontrado en un campo de Staffordshire cinco kilos de oro y dos kilos y medio de plata que estaban sepultados, según la versión oficial, en el huerto de un amigo suyo. El detector se puso a pitar, el tipo se puso a excavar, y ahí lo tienen, en la portada de los medios de comunicación británicos como autor del mayor descubrimiento arqueológico de los últimos tiempos en el Reino Unido: un tesoro de mil quinientas piezas que se cree data del siglo séptimo.
Un gobierno de palabras
Podría parecerlo, pero no es un cuento. Es la historia del señor y la señora Wilson. Fergus y Judith. Para algunos, un ejemplo de superación personal, iniciativa propia y confianza en sí mismos. Para otros, el paradigma de la especulación inmobiliaria desaforada. Todo depende de cómo se cuente la cosa, ¿no?
Cómo lo contaría alguien partidario de la pareja, veamos: “Érase una vez, allá por los noventa, un matrimonio compuesto por dos humildes maestros de Maidstone, en el Reino Unido, que se ganaba la vida dando clase de matemáticas invirtió sus ahorros en la compra de una segunda vivienda. No para ocuparla, sino para alquilarla y apuntalar sus ingresos familiares con una renta. No es que los Wilson tuvieran grandes conocimientos del mercado inmobiliario, tampoco que es que estuvieran asesorados por un gurú, digamos, de las finanzas. Simplemente se dejaron llevar por su intuición, arriesgaron y les salió bien la jugada. Se miraron entonces el uno al otro y dijeron: sigamos. Y fue así como, a base de repetir el mismo esquema (comprar para poner en alquiler) y empujados por el viento favorable del valor, siempre creciente, de las casas aquel humilde matrimonio de maestros de mates llegó a tener novecientas viviendas y una de las fortunas más saneadas del reino”.
... ver entrada completaHacemos lo que queremos, por vuestro bien
A vueltas con los brotes verdes
Qué gusto da poder empezar contando cosas buenas. El que dijo que las buenas noticias no son noticia una de dos, o no había pasado nunca seis meses de recesión, o es que sabía menos de este oficio que José Coronado en la serie aquella de Tele5. Las buenas noticias sí son noticia, sobre todo cuando llegan después de una sucesión interminable de disgustos. El presidente del gobierno, que es un muy cuco, ¿verdad?, dijo el otro día en Baracaldo: “Las buenas noticias económicas no tardarán mucho”. Si hubiera sido un pronóstico y lo hubiera hecho en el Parlamento, a sus señorías les hubiera entrado la risa floja, porque están de este discurso hasta la mismísima punta de la coronilla. Pero como no era un pronóstico, sino información privilegiada, y lo dijo en un mítin, aquello sonó a buena nueva. El anuncio arcangélico de algo parecido a un milagro. El presidente ya estaba al tanto, obviamente, de que el paro de mayo bajaba.
... ver entrada completaEl juego de las diferencias
Han dejado la música, pero le han borrado la letra. No sé si el presidente será aficionado al karaoke, pero el martes pasado subió al escenario a cantar una canción que, una semana después, se ha quedado sólo en tarareo. Han apagado el monitor que iba mostrando las estrofas y ha quedado una melodía huérfana con un pobre estribillo que dice “hay que cambiar el modelo productivo, tarará, medidas traigo y luego me las llevo, tararí”. Finge que sigue cantando la misma canción de entonces, pero el fracaso en el empeño de conseguir que los demás grupos le hicieran los coros le ha obligado a vaciar de contenido la mitad de sus propuestas. Seguro que conocen el juego de las diferencias. Dos dibujos que parecen el mismo pero no lo son. Ya que estamos, juguemos. De un primer golpe de vista salen estas tres diferencias.
... ver entrada completaSiempre hay una primera vez para todo
Hamilton se siente querido por la afición española. Eso es optimismo antropológico, y no lo de Zapatero. Lewis Hamilton, piloto británico del que en España se ha dicho de todo y no precisamente bueno, se ha declarado hoy emocionado de lo mucho que se le quiere aquí. Y no sólo eso. Se ha deshecho en elogios a la calidez española, a nuestro clima, a nuestras playas y a Fernando Alonso. Luego dicen que este chaval no es listo. “Alonso es un piloto increíble”, ha dicho. Y con convicción, eh. La vida da muchas vueltas, e igual que Patxi López se ha reconciliado con Mayte Pagaza, o que Rajoy se ha reconciliado (más o menos) con Mayor Oreja, Hamilton reconstruye puentes con Alonso. Sólo falta que Celestino Corbacho se haga un cine con el gobernador del Banco de España para que declaremos este mes como la fiesta de las reconciliaciones.
... ver entrada completaTengo una corazonada
Tengo una corazonada, como dice Gallardón para promocionar el Madrid olímpico. Tengo la corazonada de que Elena Salgado (esperanza blanca del nuevo conjunto que entrena Rodríguez Zapatero) terminará un día de estos de echar las cuentas y presentará unas previsiones económicas actualizadas que, enterrado ya el optimismo antropológico que antaño predicó el gobierno, serán bastante parecidas a las que hoy ha presentado la comisión europea. Malos tiempos para la lírica: números cantan y aun nos queda recesión, y desempleo, para rato. Las corazonadas, en política económica, raramente funcionan. En política olímpica, puede que sí. Aunque antes de fiarlo todo a las corazonadas conviene pasar la mano por el lomo a estas trece personas que, desde hoy, visitan la capital de España para ver qué ofrecemos y ponernos nota. Los inspectores del COI. No es mal trabajo éste. Bueno, hay quien duda incluso de que sea un trabajo. No son “inspectores” en el sentido de investigar, sino en sentido literal: ellos inspeccionan. Los llevan de viaje por las capitales que aspiran a organizar unos juegos y se dejan agasajar y hacer, mayormente, la pelota mientras hacen preguntas capciosas. Porque son los encargados de decidir si los aspirantes dan la talla
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