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EL BLOG DE TERRITORIO NEGRO

Nuevas armas contra el crimen. El georradar

  • Luis Rendueles y Manu Marlasca |
  • Madrid |
  •  | Actualizado el 07/01/2013 a las 21:05 horas

Muchos de los oyentes habrán visto ese aparato, una especie de detector conducido por un experto que buscaba en la finca de Las Quemadillas los cadáveres de los niños Ruth y José Bretón. Ese artefacto es un georradar o radar de penetración terrestre y se creó para la guerra, básicamente para localizar minas o explosivos enterrados bajo tierra por los enemigos. En el primer territorio negro del año, contamos cómo el georradar se ha transformado en un arma muy eficaz contra el crimen.

La Guardia Civil analiza con un georradar el subsuelo La Guardia Civil analiza con un georradar el subsuelo | Foto: EFE
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Territorio Negro: Nuevas armas contra el crimen. El georradar

Empecemos explicando qué es un georradar. El radar de penetración terrestre o georradar es lo que se llama un método electromagnético de alta frecuencia. Al pasarlo sobre un terreno, el suelo de una finca por ejemplo, genera imágenes del subsuelo. Una antena envía la señal a una frecuencia y un software lo transforma luego en imágenes en un monitor. Lo más parecido a lo que hace un georradar es un TAC o un escáner médico de los que nos hacen a veces en los hospitales, solo que, en este caso, lo que se ve no es el interior de nuestra cabeza o nuestra rodilla, sino lo que hay detrás de una pared o debajo del suelo.

O sea, pasamos el georradar por ejemplo por una finca, y nos da unas imágenes que muestran si bajo la superficie hay algo anormal…  De hecho, cuando el georradar detecta algo, los expertos lo llaman anomalía. El georradar da 20.000 puntos de información por metro cuadrado del terreno que analiza. Y señala cualquier cambio artificial producido en el terreno, incluso hace cientos de años.

Y como muchos inventos, como internet por ejemplo, tuvo un fin, al principio, básicamente militar o bélico… En los años treinta del siglo pasado se utilizaba para medir el grosor del hielo y comprobar si un avión podía aterrizar en una determinada zona, pero el boom del desarrollo del georradar lo protagonizaron investigadores del ejército norteamericano cuando comprobaron que era un método limpio y seguro para comprobar si bajo el suelo por el que iban a circular sus tropas había minas explosivas.

Los estadounidenses, que suelen ser pioneros para lo bueno y para lo malo en el territorio negro, empezaron a usarlo en los años ochenta, pero eran aparatos no demasiado perfeccionados. Fue a mediados de los noventa cuando el FBI empezó a usarlo con ciertas garantías. Y hoy, por ejemplo, la agencia federal norteamericana tiene un campo de entrenamiento con georradar de acceso restringido.

En ese campo de georradar, los agentes del FBI que saben manejarlos prueban cómo reaccionan los georradares para detectar esos cuerpos enterrados ante distintas condiciones de humedad y, sobre todo, ante el paso del tiempo. Es decir, comprueban su eficacia y su vigencia con casos reales.

En España ni la policía ni la guardia civil ni el ejército tienen un solo georradar. Luego volveremos sobre esto, que nos parece un poco sonrojante, porque un buen georradar cuesta 60.000 euros, antenas y software incluidos, y, como vamos a explicar, creemos que si tuvieran uno trabajaría a destajo.

El Estado no tiene un georradar. Así que, generalmente, la policía y la guardia civil acuden a una empresa llamada Cóndor, fundada por un geofísico Luis Avial, y un coronel del ejército en la reserva, a quien no le gusta que digamos su nombre. Y ellos colaboran de forma gratuita. También algunas universidades españolas tienen georradares, pero son menos modernos que éste.

En el año 2005, la Junta de Extremadura y la Sociedad Aranzadi de Guipúzcoa, además de asociaciones por la memoria histórica, pidieron ayuda a Luis Avial, geofísico y que como hemos dicho tiene un georradar y sabe manejarlo e interpretarlo. Querían hacer un mapa de detección de fosas comunes. Y allá que se fue Avial con su aparato, concretamente a Mérida, donde encontró la primera fosa de asesinados antes, durante y después de la guerra civil.

Así se conocieron Luis Avial y el forense Francisco Etxeberría, de la Sociedad Aranzadi, cuya relación sería luego crucial en el caso de los niños de Córdoba. Han descubierto 95 fosas con víctimas asesinadas por franquistas o nacionales y 4 fosas con víctimas asesinadas por republicanos. Avial nos contaba cuando preparábamos este territorio una anécdota: un abuelo suyo había sido asesinado precisamente durante la guerra por milicianos republicanos, de la UGT, y él fue llamado 70 años después por la UGT para buscar cadáveres de militantes sindicalistas asesinados por franquistas. Y lo hizo, claro.

Ver la emoción de una persona, generalmente de 70 años o más, que recupera los huesos de su abuelo, debe compensar… Y  porque, como les gusta decir a los dos, Avial y Etxeberría: "no nos importa el color de la bala que los mató. Todos son víctimas. Y sus familias, también". Quizá por eso, les llegó emocionalmente tanto el trabajo que hicieron para buscar fosas comunes en el pueblo de Rubielos de Mora, en la provincia de Teruel.

A los dos investigadores les pide ayuda Conchi, que es la nieta del que era tambor de la brigada mixta 84 del ejército republicano en Teruel. Ese recluta tambor, un joven de 17 años obligado a alistarse en la milicia republicana, fue uno de los 46 fusilados y enterrados en fosas por sus propios jefes, que los acusaron de rebelión y traición.

Esos 46 críos, porque todos eran muy jóvenes, fueron reclutados a la fuerza por la provincia de Teruel y fueron unos héroes porque lograron echar de una capital de provincia a las tropas franquistas después de que la hubieran tomado (la única vez que ocurrió eso durante la contienda). Sus jefes les habían prometido una semana de vacaciones en la retaguardia. Eso sí, tenían que ir andando entre la nieve. Cuando llevaban recorridos unos 70 kilómetros, sus jefes les ordenaron regresar al frente. Algunos trataron de resistirse, protestaron... y todos fueron fusilados y enterrados por la zona.

Eran muertos que nadie buscaba. No eran del pueblo, con lo cual los vecinos no los sentían como propios. No eran de los vencedores en la guerra, por tanto no fueron mártires. Y sí eran víctimas de sus propios jefes republicanos, con lo cual determinadas asociaciones de memoria histórica no estuvieron muy por la labor de buscar. Conchi, la nieta del tambor, no cejó, y el georradar encontró dos fosas distintas en el pueblo, con cinco cadáveres, pero ninguno, parece, es el de su abuelo.

Esos soldados republicanos salen en muchas de las increíbles fotos de guerra que hizo Robert Capa.  Se aprende bastante de nosotros mismos y de lo que fue aquello. Por ejemplo, uno de los esqueletos recuperados gracias el georradar llevaba cosido dentro de la ropa una imagen de una virgen. No estaba bien visto ser republicano y creer en Dios, así que la madre de uno de esos milicianos se la cosió por dentro de la camiseta para que nadie la viera.

Avial nos contaba que cuando quienes enterraban a las víctimas en fosas eran gente del pueblo, lo hacían con más cariño, cavaban a más profundidad, era casi un enterramiento digno. Y al georradar le costaba más. Pero si saben que los enterraron sus asesinos, estos no se preocupaban mucho y era más fácil encontrar los cuerpos, que solían estar a menos profundidad.

Porque el georradar funciona hasta un límite de profundidad, claro, esa especie de escáner del subsuelo tiene un límite. Depende de la antena que utilice. Como norma general, obviamente, el georradar pierde precisión a cuanta más profundidad trabaja, que puede ser de cuatro o cinco metros en suelos digamos normales. También trabaja peor en suelos húmedos, como los gallegos por ejemplo, y si hay campos electromagnéticos cerca, por ejemplo, tendidos de alta tensión, que apantallan las imágenes, las emborronan.

Hemos hablado de recuperar cadáveres de hace 75 años o más. El sistema es el mismo para crímenes recientes. El primer cadáver encontrado con georradar en España fue el de María Puy Pérez. Y su cuerpo, que había sido troceado por su ex pareja, José María Morentín, fue encontrado gracias al georradar, en junio de 2009 en un trigal de la provincia de Navarra. La mujer había denunciado a su ex pareja por malos tratos en 2007 y estaba desaparecida desde octubre de 2008.

Después de mucha lucha por parte de la familia y amigos de la mujer, Morentín confesó entonces que la había apuñalado y la había enterrado en un inmenso campo de cereales cerca de Lodosa. Pero aseguró que estaba borracho y que no sabía dónde la había enterrado. Y allí llegó Luis Avial con su georradar y... un camión de bomberos.

Avial se subió a lo alto de la escalerilla del camión y allí hizo la termografía del campo de trigo. Es decir, usó una cámara infrarroja desde la altura (otras veces se hace desde un globo o un helicóptero, pero no había ninguno disponible), para detectar anomalías de calor bajo el terreno. Luego, se pasó el georradar por las zonas marcadas con anomalías y se encontró a unos 40 centímetros de profundidad algo extraño. El georradar marcaba un objeto con aire en su interior. Podía ser una bolsa de plástico enterrada, pero era la cabeza de María Puy. Luego se encontraron otras partes de su cuerpo. El asesino fue condenado a 16 años de prisión.

Y en 2011 fue cuando el georradar ayudó a resolver un caso negro, negrísimo y casi increíble: la desaparición de una mujer y de su hijo, 18 años atrás, en la provincia de Huelva.

María del Carmen Espejo, que tenía 26 años, y su hijo Antonio, que tenía cinco años en aquel fatídico para ellos 1993. Ambos desaparecieron sin su pareja y su padre, Genaro Ramallo, un profesor de matemáticas en una academia de Huelva. Ramallo contó en su día que su mujer se había ido con el niño y otro hombre a Madrid. El propio Ramallo tenía otras dos parejas por ese tiempo y fue sospechoso. Pero María del Carmen enviaba cartas a su familia contándole lo bien que le iba en su nueva vida. Y nadie fue detenido.

La tenacidad de un viejo policía, Ricardo Morente, que dedicó tiempo a ese caso perdido entre el escepticismo general. Morente comprobó que el niño no había sido escolarizado en ningún otro sitio, que la madre no había trabajado ni sido dada de alta en ninguna parte... Y recuperó la carta donde la mujer decía estar bien. Comprobó la letra, que evidentemente no era la de la mujer desaparecida. Interrogó al marido y comprobó que había comprado una parcela en Almonaster La Real poco antes de que su mujer y su hijo desaparecieran. Los policías registraron la finca, sobre todo un pozo, sin éxito.

Y entonces llega la caballería, que diría un amante de los western, o en este caso el georradar… En septiembre de 2011, el georradar marcó tres puntos en la finca como zonas que tenían anomalías bajo tierra. El primero resultó ser una cañería para la conducción de agua. Al excavar en el segundo, donde por la diferencia de densidad, se marcaba que había enterrado un plástico, los policías encontraron los cadáveres de la madre y su hijo, eso sí, con las dos cabezas separadas, además de jeringuillas, látigos, fustas, vibradores…

No se sabía dónde estaba Genaro Ramallo, ese profesor boliviano de matemáticas. De hecho, la primera noche, dos policías se quedaron a dormir en la finca, custodiando los huesos, por si Genaro pasaba por allí y tenían que detenerlo. El caso es que el hombre ya no vivía en Huelva y las otras dos mujeres con las que convivió casi simultáneamente tampoco sabían nada de él. Pero Ramallo leyó la noticia del hallazgo de los cadáveres y cometió un error tremendo, 18 años después.

El 5 de octubre de 2011, Ramallo escribió una carta al Odiel, el periódico de Huelva, donde decía, entre otras cosas: "Llegué hace más de 25 años a Huelva. Sus vecinos me acogieron como a un hijo pródigo más que como a un hijo de la emigración... No soy un uxoricida y menos un infanticida. Soy un profesor de clases de refuerzo que a los bondadosos ojos de mi alumnado no desmerece como enseñante. Como pareja y marido, pésimo. La infidelidad me ha perseguido como túnica de hierro". El hombre admitía que tenía otra pareja y aseguraba que encontró muertos a Mari Carmen y su hijo.

Un uxoricida es un hombre que mata a su esposa. Y la policía, claro, comprobó de donde venía esa carta y logró detenerlo.  La carta fue remitida desde Francia, cerca de la ciudad de Toulouse. Y allí estaba Ramallo cuando la policía fue a por él, el 29 de septiembre de 2011. Lo trasladaron de vuelta a Huelva, donde está en prisión acusado de los dos asesinatos y a la espera de juicio, que suponemos será este año.

Y el último caso mediático digamos en el que participa un georradar, el de los niños asesinados en Córdoba, Ruth y José.

El último que nos dejan contar aquí. En efecto, el georradar peinó la finca de las Quemadillas en busca de los niños. Obviamente, el primer lugar donde se pasó fue sobre los restos de la hoguera que había hecho José Bretón, donde se habían hallado huesos que la experta en policía científica dijo que eran de animales. El georradar señaló que no había nada enterrado allí, pese a lo cual la policía excavó con un martillo neumático.

Y así pasan once meses hasta que, buscando otra fosa común en Extremadura, se vuelven a encontrar estos dos hombres, el técnico del georradar, Luis Avial, y el forense Francisco Etxebarría.

El forense, que seguía como casi todos los españoles el caso de los niños, le preguntó a su amigo: ¿qué estáis haciendo allí, Luis?. Y éste le contó y sobre todo le enseñó la termografía, es decir una imagen infrarroja que capta las diferentes temperaturas de la zona de la hoguera. Era extraña, porque las hogueras dejan una huella circular de calor, a no ser que se les ponga algo por los lados, o por arriba.

Y en esa hoguera, la huella de calor no era circular, claro. Era rectangular. En la termografía, si se ve color negro es máximo calor; el blanco, mínimo. Y esa hoguera era rectangular y con zonas de azul muy oscuro. El forense le dijo entonces al técnico del georradar: Luis, eso no es una plancha, no le han puesto nada por los lados. Han hecho un horno, han colocado algo por encima.

El resto de la historia es conocido. El forense Etxebarría acude a la policía y explica su opinión. Son huesos de niños. La doctora Lamas admite su error y otro perito certifica lo mismo. Lo que  estremece es que todo esto son colaboraciones voluntarias, de gente que tiene conocimientos y medios que no tiene el estado. Porque se están usando georradares para muchas cosas que no se cuentan y son muy importantes.

La colaboración de científicos y técnicos para esclarecer crímenes es habitual en casi todos los países serios. Lo que no es serio es que las policías no tengan sus propios medios y ni siquiera paguen a quienes ayudan. Y sí, el georradar en España se ha usado, por ejemplo, para encontrar zulos de la banda terrorista ETA ocultos en bosques del País Vasco español y francés. Y también, por ejemplo, para localizar droga oculta en casas, fajos de billetes de narcotraficantes... Y aunque es un invento norteamericano, sirve hasta para quitarles la razón a ellos.

El georradar sirvió para demostrar a los estadounidenses donde había caído exactamente la bomba atómica que no explotó en Palomares, en Almería, aquellas cuatro bombas que cayeron de dos aviones B-52 en el año 1966 y por las que Fraga se dio el chapuzón con gayumbos en la playa. El georradar marcó exactamente el perímetro, pero es que descubrió que los militares norteamericanos habían hecho una especie de trinchera de cien metros donde dejaron un montón de bidones con 55 galones de material radiactivo. El gobierno americano envió una carta al español disculpándose y admitiendo esa bochornosa actuación.

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Manuel Marlasca
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En esta bitácora Manuel Marlasca y Luis Rendueles nos cuentan lo que se dejan en el tintero cada semana en su sección del mismo nombre en Julia en la onda (16:00-19:00 ONDA CERO). Un espacio para no perder detalle de la crónica negra de nuestro país y para compartir con ellos tus inquietudes.

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