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Territorio Negro: En la cabeza del pederasta de Ciudad Lineal
Antonio Ortiz, presunto pederasta de Ciudad Lineas Antonio Ortiz, presunto pederasta de Ciudad Lineas | Foto: Agencias

Lo que vamos trazar es un perfil, un retrato de este monstruo hecho por él mismo y por dos psiquiatras. Hace unos días, dos psiquiatras forenses adscritos a los juzgados de plaza de Castilla entregaban al juez de instrucción número 2 un informe elaborado tras dos entrevistas y pruebas hechas en prisión a Antonio Ortiz en los meses de noviembre y diciembre. El pederasta de Ciudad Lineal lleva encarcelado desde el pasado 24 de septiembre.

El informe no es de parte, es decir, no está hecho por encargo ni de su defensa ni de las acusaciones, lo encargó el juez instructor para evaluar el estado mental del delincuente. Los jueces suelen dar mayor credibilidad a estos informes hecho de oficio que a los de parte.

Y en ese informe, Antonio Ortiz se desnuda, cuenta su vida desde niño. Es costumbre en todos estos informes. Ortiz tiene hoy 42 años y cuenta a los psiquiatras que sus padres se separaron cuando él era muy pequeño: “desde que tengo uso de razón, no recuerdo nada, ni he preguntado ni me han contado nada”, dice. Tras esa separación, él se quedó con su padre viviendo en Jaén. Dice que era buen estudiante y que estaba muy unido a su padre, que enfermó de cáncer y murió cuando él tenía diez años. Lo único que Ortiz le dice a los psiquiatras sobre la muerte de su padre es que “fue doloroso, pero suelo llevar bastante bien las cosas por dentro”.

A los psiquiatras que hacen este informe les dice que no, que no recuerda nada especialmente traumático, pero en un informe que le realizaron en el año 2000, en uno de sus anteriores ingresos en prisión, contó a los médicos que con ocho años, un amigo de su padre abusó sexualmente de él. No sabemos cuándo dice la verdad, porque en este informe sostiene que “nunca he dicho eso porque nunca he sufrido abusos”.

Durante su infancia estudió en tres colegios distintos. Al acabar la EGB, con 15 años, su madre le cambió de centro para meterle interno, porque –dice– “mi madre trabajaba y no podía estar conmigo, no podía dejarme todo el día solo, ella pensaría que era un buen colegio”. A Antonio no le debió gustar mucho el internado, porque a los 17 años se escapó del colegio, lo que le costó la expulsión. Acabó 3º de BUP y COU en un centro distinto.

Le costó acabar COU, porque tras fugarse del colegio se fugó de casa. Así lo cuenta él: “hice amistades nuevas, empecé a conocer a gente nueva y me dejé llevar por los demás. Bebía, me drogaba, salíamos de juerga a diario y robábamos motos”. Según dice él mismo, en esa época fumaba cannabis, consumía LSD y “no paraba de beber cerveza en todo el día, no se me notaba porque pasaba borracho el día entero, desde que me levantaba, que siempre era por la tarde porque me quedaba bebiendo hasta muy tarde”.

Vivía en pisos con amigos y se mantenía trabajando como aparcacoches en discotecas, aunque no tenía carné de conducir, y luego como camarero. En esos años, apenas se relacionaba con su madre, una figura que ha sido muy importante para él. Ortiz dice “no me relacionaba con mi madre porque era un perdido, no quería saber nada de ella”.

Cuenta que la mujer de su vida fue una novia que tuvo antes de conocer a su primera mujer, con 22 años, hermana de un amigo. Pese a no ser la mujer de su vida, se casó con ella a los 23 años, tras dejarla embarazada. Con esa mujer –“una chica también de la noche”, dice– tuvo dos hijos que hoy tienen 19 y 10 años y una relación muy tormentosa.

Así se refiere a ella: “tenía amigos que me llevaron por el mal camino, no era la relación que yo quería tener, teníamos para comer y poco más. No me sentía cómodo con mi mujer, no era para mí. A veces estaba tres días sin ir a casa, luego llegaba con un ramo de rosas, le montaba su fiestecita, le pedía disculpas y todo se solucionaba”.

Miente a los psiquiatras diciendo que la relación con su mujer se deterioró porque se gritaban, porque ella se iba a casa de su madre, hasta que tras una discusión rompieron definitivamente. Pero lo cierto es que en 1997 fue detenido por abusar de una menor, pasó unos días detenido hasta que 20 meses más tarde, en 1999, es condenado a ocho años de prisión y encarcelado.

Y aquí Ortiz empieza a dar muestras de lo que es, un narcisista. Dice que siete meses después de entrar en la cárcel él fue quien solicitó el divorcio porque su mujer le engañó con un conocido, cuando lo cierto es que su esposa rompió con él tras conocer el delito por el que había sido detenido y condenado.

Dice que ese delito fue una denuncia falsa, que una chica con la que mantenía una relación extramarital le denunció como venganza porque él rompió con ella al enterarse de que iba a ser padre por segunda vez. El asunto no tiene ningún sentido porque recordemos que Ortiz fue condenado tras abusar de una niña a la que se llevó a la salida de un colegio de Fuencarral y, entre otras pruebas, fue fundamental la presencia del semen del pederasta en la ropa de la víctima.

Durante los ocho años que pasó encarcelado aprobó el acceso a la universidad para mayores de 25 años y comenzó a estudiar Pedagogía, algo bastante inquietante, aunque no los acabó, ni mucho menos: “me apunté, pero me trajeron los libros seis meses más tarde y suspendí. Me quedé sin beca y no me podía permitir pagar los estudios”. Durante su encarcelamiento, entre 1999 y 2007, sus hijos le visitaban mensualmente, aunque luego estuvo cuatro años sin verlos porque su madre no les dejaba. La parte más positiva de ese primer paso por prisión fue que le sirvió para dejar la cocaína, droga que consumió desde los 20 a los 27 años.

Y en 2007, Ortiz sale de prisión. Es un hombre libre, que ya no consume drogas, separado de su mujer, con dos hijos. La vida no le va demasiado bien. Poco después de abandonar la cárcel, es detenido por secuestro. Formaba parte de un grupo de matones dedicados a ajustar cuentas y cobrar deudas. Pasó siete meses en prisión preventiva y después fue arrestado por un robo con fuerza, que él justifica, como casi todos sus delitos: “me hacía falta dinero y no tenía otra cosa qué hacer: comer o morir de hambre”.

Sus regresos a prisión son continuos. En 2009 pasa año y medio entre rejas por dos atracos: “me metieron en la cárcel por tener amigos delincuentes, por tener amistades con gente metida en esos asuntos, nada más”. La justificación de sus delitos es una constante. En otro momento cuenta: “he hecho cosas que tenía que hacer para sobrevivir, pero siempre a personas que eran peores que yo, dedicadas al narcotráfico y otras cosas”.

En esos años sus trabajos le duran muy poco, como mucho un año. Estuvo montando escaleras mecánicas en el metro y trabajó en la empresa inmobiliaria de su segunda esposa –con la que se casó en 2009–, la mujer de un compañero de prisión, que también estaba encarcelada. De ella no habla muy bien: “era muy celosa, me engañó mientras yo estaba en prisión. Aguanté con ella porque si no, perdía el trabajo”. Finalmente, en 2012 se separaron.

Tras el divorcio, Ortiz de fue a vivir con su madre y con sus hermanas, 18 y 20 años menores que él, fruto del segundo matrimonio de su madre. Trabajaba haciendo chapuzas y reformas y se aficionó al gimnasio, al que iba seis días por semana. Dice que salía poco porque no tenía dinero y que sus aficiones son la lectura, el cine y la televisión.

Estamos ya en 2012 y las agresiones sexuales por las que está en prisión comenzaron muy poco después. Los psiquiatras le preguntan por esos delitos…pero es que él niega ser el autor de todas esas agresiones. Dice textualmente: “estoy pagando una cosa por haber estado antes en prisión, todo ha sido un montaje desde el principio”. Antonio Ortiz incluso niega tener inclinación sexual hacia las niñas: “A mí me gustan las mujeres, me encantan las niñas, pero desde un punto de vista sano”.

No ahorra calificativos para el autor de las agresiones de las que le acusan a él… Ni para él: “Una persona que hace eso es una persona enferma porque nadie en su sano juicio podría hace algo así. Hay mujeres y hay otras formas, no lo entiendo. La persona que ha hecho eso nunca debería salir de la cárcel. Yo soy una persona tranquila y para hacer una cosa de estas hay que ser cruel. Y yo no soy cruel, todo el mundo confía en mí, no me consideran mala persona, aunque no soy perfecto. Quizás debería tener más carácter”.

En esos informes, los psiquiatras hacen constar sus impresiones sobre Ortiz, al margen de su dictamen. Por ejemplo dicen que en la primera entrevista estuvo muy afable y colaborador, pero que en la segunda, hecha tras pasar por el juzgado para someterse a una rueda de reconocimiento, estaba muy contrariado y contestó a casi todo con respuestas vagas e imprecisas. Los psiquiatras hacen constar en su informe que llama la atención la escasa repercusión emocional que Ortiz muestra ante la acusación de la que es objeto y su ingreso en prisión.

Él le dice a los psiquiatras que está anímicamente afectado por el rechazo que sufre en prisión, por el alejamiento de sus hijos y por la pérdida de sus amigos. Dice estar preocupado porque ha adelgazado diez kilos desde que entró en la cárcel y por su futuro porque se considera “una persona marcada”.

Sus preocupaciones resultan bastante curiosas. Los psiquiatras dicen que tiene una inteligencia normal, que está bien orientado en el espacio y en el tiempo, que no tiene ideas delirantes y que habla con corrección. En los tests que le someten se perfila como una persona compulsiva, histriónica, con afectos superficiales y teatralidad y distanciamiento emocional. Una de las pruebas que le hacen demuestra una sinceridad muy baja, algo que parece bastante evidente con lo que hemos contado. Y hay un resultado muy curioso: dicen que Ortiz ha intentado mostrarse libre de los defectos comunes que la mayoría de las personas están dispuestas a admitir.

Los psiquiatras en sus dictámenes son bastante poco dados a juzgar ética o moralmente a los informados. De Ortiz dicen que padece un trastorno de la personalidad con rasgos disociales y narcisistas, con bajo nivel de empatía, superficialidad afectiva, baja tolerancia a la frustración, incapacidad para sentir culpa y aprender de la experiencia, un elevado sentido de sí mismo y dificultades para asumir responsabilidades, situándose en posición de víctima con tendencia a culpar a los demás de sus conflictos.

Un trastorno de la personalidad no es una enfermedad mental y los psiquiatras lo dejan claro: Ortiz no presenta ningún trastorno psiquiátrico que afecte a su capacidad para comprender y conocer las conductas que son lícitas y las que no lo son, ni afecta a su voluntad para actuar conforme a dicha capacidad de entendimiento. Es decir, Ortiz distingue perfectamente el bien del mal y sabe todo el mal que ha hecho.

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Manuel Marlasca
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En esta bitácora Manuel Marlasca y Luis Rendueles nos cuentan lo que se dejan en el tintero cada semana en su sección del mismo nombre en Julia en la onda (16:00-19:00 ONDA CERO). Un espacio para no perder detalle de la crónica negra de nuestro país y para compartir con ellos tus inquietudes.

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